Los conversadores (Angeles Masttreta)

Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo un lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, le creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámite, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador.

La única seña está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados se vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan. Antes que nadar, comer, dormir o cualquier otro placer parecido, los conversadores prefieren intercambiar palabras.

Sólo los besos y sus prolongaciones son tan placenteros para un conversador como las palabras. Tal vez porque los besos están emparentados con las palabras, y el amor puede ser una conversación perfecta. De ahí que los conversadores tiendan a enamoradizos. Como tienden también a cantar cuando están solos o a colgarse del teléfono a propósito de casi cualquier cosa. El reloj es su enemigo más acérrimo y no lo pueden remediar, saludan desconocidos en el mercado o en la calle y tienden a dar consejos a quien no se los pide. Cuando sienten que el día no les rindió, que algo le falta al mundo para poder cerrarse sobre su almohada, se prenden de un libro o de una película de esas en que no importa lo que pase, con tal de que importe lo que se diga.
A los conversadores siempre les falta un poquito, nunca quieren que la gente se vaya de su lado y cuando su cónyuge les da la espalda para irse a otro lado con su soliloquio tienden a llamarlo con un “oye…” que es una especie de súplica, de no te vayas aún. Para entonces el otro ya se ha ido y grita desde lejos: “Estoy a veinte pasos. ¿Qué quieres? ¿Por qué esperas a que me vaya si vas a decir algo todavía?”
Frente a respuestas así un conversador puede hundirse minutos en un abismo oscuro del que sale de golpe como redimido por la idea de escuchar a Pavarotti cantando Parlami d`amore Mariú.
Los conversadores nos descubrimos hasta por teléfono. Yo sé de una mujer que en busca de una clase marcó un número equivocado y dió con una conversación en caída libre que empezó más o menos como sigue:
-¿Es ahí donde dan clases de gimnasia?- le dijo al hombre que levantó el auricular al otro lado de la línea.
-¿Usted quiere tomar clases de gimnasia?- le contestó la una voz de animal fino.
-¿Por qué me lo pregunta como si lo dudara?- dijo la mujer.
-Porque cuando uno quiere tomar clases de gimnasia marca el número del lugar donde dan clases de gimnasia.
– ¿Entonces no es ahí?
– ¿Donde damos clases de gimnasia? No. Pero, ¿usted por qué quiere tomar clases de gimnasia?
-Porque me están engordando las caderas.
-¿De verdad?
– Aunque usted no me lo crea.
– ¿De dónde saca que yo no sé lo creo?
-De que ustedes los hombres nunca nos creen a las mujeres cuando decimos que nos están engordando las caderas.
-Yo a las mujeres les creo todo lo que dicen.
– ¿Es usted gay?
-No, pero podría yo ser.
-Se atreve a decirlo. ¿De qué planeta viene?
-Del único que usted y todos los demás tenemos la fortuna y el infortunio de conocer.
-Es bonita la Tierra ¿verdad?
– Menos cuando se vuelve horrible.
– Sí. A veces se vuelve horrible.
– ¿A usted lo han asaltado?
– Todavía no. Pero ha de ser cosa de tiempo. Ya ve que últimamente el que no viene de un asalto va a un asalto. No se puede ni hablar de otra cosa.
-Hay quien habla de política- dijo la mujer.
– O de horrores. De lo que ya no habla mucho la gente es de amor. ¿No se ha fijado que hasta las telenovelas están abandonando el amor como tema central?
– No veo telenovelas- presumió la mujer.
-¿No ve telenovelas? ¿Cómo es que le han crecido las caderas?
-Me gusta demasiado lo dulce. Le pongo tres de azúcar al café. Me fascinan los tlacoyos de haba, las papas a la francesa, el pollo empanado, los gusanos de maguey, la leche sin descremar, los quesos fuertes, el pan del que me pongan enfrente.
-Son una delicia los panes y el azúcar.
– ¿Le parece? Dicen que esas cosas nos gustan más a las mujeres. ¿Está seguro de que no es gay?
-Nunca hay que estar seguro de eso. Hay ratos en que me comería a besos a un hombre. Aunque siguen siendo más frecuentes las veces en que me comería a besos a una mujer.
-¿Por qué es más fácil?
-Nada es fácil con ustedes las mujeres.
– Vendernos cosas es fácil.
– Viera que no. Se lo digo yo que soy vendedor.
– ¿Qué vende usted?
-Departamentos en condominio.
-De verdad. Yo me quisiera comprar uno.
-Tengo uno de ciento veinte mil dólares.
– Por eso le dije quisiera.
– ¿Cuánto tiene usted?
-Nada. Qué importa.
-Importa donde lo dice en ese tono.
– No me hable usted como mi papá.
– Que más quisiera yo que hablarle a una mujer como su papá.
-Pues usted habla como mi papá.
-Y usted habla idéntico a una novia que me quitó el sueño durante todos los años de carrera.
-¿Se casó con ella?
– No.
– ¿La extraña?
– Sí.
-Dice una amiga mía que el amor de nuestra vida siempre es con el que no nos casamos. Yo digo que es porque en lugar de pedir que nos callarámos se fue a otra parte para no oírnos. Siempre es más agradecible. ¿No cree?
-No sé bien qué creo.
– ¿Me cree si le cuento un prodigio? Mi vecino dió con una mujer de la que estuvo enamorado cuando tenía quince años y a la que aún no podía olvidar a los cuarenta.
-Ya sé. Y cuando la vió se preguntó cómo era posible que hubiera estado perdiendo su tiempo en recordar a alguien que estaba así de gorda y arrugada.
– No. Ahí es donde aparece el prodigio. La vio y todo en él la quiso con más fuerzas que nunca.
– Y cada uno fue con su pareja y le dijo: “encontré al amor de mi vida y ya me vo”..
– No. Tú si que has visto telenovelas. Cada uno se quedó casado con quien estaba casado. Sólo se encuentran cada mes en un hotel distinto.
– Eso es como de película francesa.
– Es mejor. Porque aquí hay sol y todo pasa más rápido.
– ¿Ni siquiera han tenido el mal gusto de poner un departamento?
– Ni eso.
– Con razón no vendo condominios. ¿Me hablaste de tú?
– Es que hablas como mi papá.
– ¿Cómo hablaba tu papá?
– Así- dijo mi amiga- con la seguridad de que todo lo importante ya estaba dicho. De modo que uno podía hablar sin tregua ni recato de todo lo trivial como si fuera muy importante. Me tengo que ir. Van a venir por mí.
-¿Cuál es tu teléfono?
– Uno que siempre está ocupado.
– ¿Lo podrías usar para volver a llamarme?
– No sé qué número marqué.
– El de la gimnasia.
– ¿No dijiste que ahí no dan clases de gimnasia?
– Ya no dan, pero dieron. Ahora estoy adaptando el lugar para que sea oficina.
– ¿Oficina para vender condominios?
-¿Qué quieres que haga? Estudié ingeniería y me gustaba la literatura. He tenido que acabar trabajando en algo más cercano a los sueños que a los cálculos. ¿Tú en qué trabajas?
– Otro día te digo.
– ¿Me llamarás?
– Cuando tenga para el condominio.
– Puedo buscarte uno a plazos.
– Quieres decir, de plazos hasta siempre. No me interesa.
– Tonta. No hay como las cosas a largo plazo.
– Adiós.
– Si me llamas mañana te cuento una historia- dijo el hombre con una sonrisa que ella casi pudo ver. Por supuesto, mi amiga quiso llamar. Ahora, se hablan a diario para contarse cosas entre las cinco y las seis de la tarde. No se han visto jamás, se conocen mejor uno al otro de lo que los conocen sus parejas, sus hijos, sus padres, su fantasía de sí mismos o su espejo.

El Poema. Luis Feria (chicharrero)

La obra del tinerfeño Luis Feria (1927-1998), uno de los poetas de voz más original entre los de la generación del 50, se debate entre la urgencia de vivir y el deseo de encontrar una palabra que perpetúe el instante en que vivir resulta, precisamente, un descubrimiento.

EL POEMA

Ramo de sangre, arpón en todo el pecho, lengua que propiciaba el corazón voraz. Su estirpe apasionada nos arrojó a la vida; no se someten ni el amor ni el mar.

Rosa fiel que el tiempo no ha secado, mayor que el celo, no menor que el vacío, sudor o sangre, o vida, o tierra, o muerte; nunca nos faltes; el hueco de tu ausencia huele a miedo.

No menor que el vacío, 1988.

La pata de mono.- W.W. Jacobs

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.

-Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

-Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque.

-No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero.

-Mate -contestó el hijo.

-Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.

-No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.

-Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.

-El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

-Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

-No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente.

-Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo.

-Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

-Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

-Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír.

-¿Una pata de mono? -preguntó la señora White.

-Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar.

Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

-A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.

-¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.

-Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.

-Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White.

El sargento lo miró con tolerancia.

-Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció.

-¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

-Se cumplieron -dijo el sargento.

-¿Y nadie más pidió? -insistió la señora.

-Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

-Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

-Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

-Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría?

-No sé -contestó el otro-. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.

-Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento.

-Si usted no la quiere, Morris, démela.

-No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:

-¿Cómo se hace?

-Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

-Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

-Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.

-Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa.

-¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

-Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

-Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.

-No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo.

-Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.

-Quiero doscientas libras -pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

-Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora.

-Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré.

-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

-No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

-Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.


II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

-Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

-Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert.

-Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre.

-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

-Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse.

-Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

-Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente.

-Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.

Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.

-Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

-Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

-Lo siento… -empezó el otro.

-¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

-Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre.

-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios.

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

-Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante.

-Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

-Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

-La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

-Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

-Doscientas libras -fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.


III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.

Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

-Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío.

-Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.

-La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

-¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

-La quiero. ¿No la has destruido?

-Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

-Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?

-¿Pensaste en qué? -preguntó.

-En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno.

-¿No fue bastante?

-No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

-Dios mío, estás loca.

-Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

-Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

-Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?

-Fue una coincidencia.

-Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

-Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…

-¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

-¡Pídelo! -gritó con violencia.

-Es absurdo y perverso -balbuceó.

-Pídelo -repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

-Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.

-¿Qué es eso? -gritó la mujer.

-Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

-¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.

-¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente.

-¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

-Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando.

-¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

-La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.

-Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

FIN

1902

Un cuento tradicional versus un cuento contemporáneo.

Hola a todos,

Me gustaría que participaran dejando un comentario de opinión acerca de los cuentos que abajo expongo. El tema es el paso del cuento tradicional al contemporáneo.

Gracias

Víctor Javier

 

El diccionario mágico

Un viajero que caminaba por el bosque se encontró con un demonio.

-Te voy a hacer una propuesta que no vas a poder rechazar -el viajero sintió curiosidad a la vez que desconfianza y dejó que continuara hablando.


-Te prometo realizar los tres sueños que quieras.

-¿Y qué es lo que he de hacer yo?

-¡Nada, absolutamente nada! Salvo dejar que me lleve tu alma en este saco. Es todo un negocio, ¿verdad? ¿A quién le interesa el alma? No sirve para nada.

-¿Dices que me concedes realizar tres sueños y que no tengo que hacer nada?

-Eso es. Yo te daré este diccionario que tengo aquí, lo cogerás con las manos y, con toda la atención, buscarás tu sueño con una palabra. Y leerás su definición mágica. Así de fácil. Y al finalizar los tres sueños te haré el favor de deshacerte de tu alma, ya que te es inútil.

-Entonces todo el poder está en el diccionario, ¿verdad?

-Adivinas bien. ¿Te decides a ir por tus sueños o no?

-Muy bien, acepto.

El viajero tomó el diccionario mágico en las manos buscó por la letra /p/: “Pluma (literatura). Su escritura transforma la pobreza en riqueza”. Apareció de inmediato una pluma azul, la más bonita que había visto. El demonio observaba todo esto y empezaba a divertirse. Buscó por la letra /c/ y leyó: “Caballo. El viajero se mueve por la tierra con fuerza, destreza y astucia”. Y su palabra se hizo carne en el caballo más imponente que había visto.

 

-¡Con este caballo podrás galopar por cualquiera de los lares que te plazca! -dijo el demonio.

 

El viajero buscó por la letra /d/ y leyó: “Diccionario. Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad. El presente diccionario es una excepción y le dará la dicha a quien use sus palabras correctamente”. El demonio miraba alrededor buscando el diccionario, pero no se materializaba por ninguna parte. Cuando el demonio se dio cuenta, ya era demasiado tarde. El viajero ya se había montado en su caballo llevándose consigo el diccionario del demonio y, como gran escritor en el que se convirtió, dejó escrito este cuento para la posteridad.

Víctor Javier Moreno

 

Sin miedo al demonio

Años después, el viajero buscó al demonio y le dijo:

-Si quieres mi alma, ya puedes encontrarla en estás páginas.

Le devolvió el diccionario robado y que ya, tras tanto desear y soñar, no necesitaba. Y antes de regresar de donde había venido, dijo:

-Ya sé que el alma no existe, pero hay que actuar como si existiera.

Víctor Javier Moreno

 

Poema tántrico-libertario.

La mujer del manzano

 

De las aguas agitadas del mar

sube cresta una ola, atraída por el deseo de la luna,

transmutándose

cada gota

en las células

de la mujer original:

su melena platina como serpientes solares

se ilumina en la noche.

 

Ausencia de esposo y de armadura patriarcal;

aún más

su cabellera, se alarga.

Ella se estira fluida

tanto

que dobla la columna hacia atrás

como lo hace una serpiente de dragón

que, al precipitarse a hundirle sus colmillos

en la vulva, le inocula el veneno

que solo ella es capaz de liberar en éxtasis.

 

Ganas libidinosas de vivir y de dar vida:

pasión de útero.

Envidia el poderoso de la fuerza que él carece

y que empobrece;

quiere mutilar a su serpiente en solo dragón.

Ocultarle la fuerza indomable

en el Hades. La guerra del jefe

primero resta al propio Poder,

y luego a los siempre últimos.

El mordisco carnal a la manzana de Eva

es ahora una manzana podrida

que puede servir de abono

para sembrar de nuevo

los nuevos nacimientos.

 

Pues en la raíz del manzano

aún vive un útero sano;

se entrega devocional al veneno

y sin ignorante cólera al gusano.

 

Así verás el resurgir

el hombre

del olvido,

entrando luz en el Hades

de hormigón, alquitrán y petróleo

en donde se vive amando

a quien te hace daño,

no habrá ya más culpa.

Amar será vivir.

 

No pagarán víctimas por agresores.

Solo volverse a poner

los ojos de Edipo

para ver que toda cárcel

empieza con un mal parto.

La simple existencia

de un Poder invisible,

le delata.

 

Víctor Javier Moreno

Poesofema: Espejismos.

Deja esfumarse tus espejismos vampiros
En el laberinto de universos que navegan dibujando estelas circulares, giras alrededor de ti mismo.
Nada nace, nada muere, nada fue, nada será, en ti va ronroneando la eternidad.
La división es tan falaz como la unión, no hay fisuras en lo que existe.
Todo exulta en un instante único.
Los vientos pasan entre tus celulas.
El fuego arde en la palma de tus manos.
Llueves.
Recibes en tu seno a los diez mil ríos.
En tu corteza crecen plantas y ciudades.
A tu corazón llegan los latidos del cosmos.
Eres una explosión de luz dentro de un inconmensurable pozo negro.
Lo que hoy te parece importante, tiene poco valor.
Elimina las cosas pasajeras.
Alejandro Jodorowsky

Recomendación. Cine.

Este blog, como saben, es de literatura, pero haré una excepción para recomendarles una película que me ha recordado a La vida es bella. Además, el director Vittorio de Sica es casi un tocayo. Milagro en Milán es una filme de 1951. Destaco: bien dirigida, buen ritmo de las carcajadas originales que saldrán generosamente de sus bocas, personajes entrañables incluso los supuestos malvados (esto es muy subjetivo, ya lo sé), pura poesía en blanco y negro. La pueden ver fácilmente en la red.