La canica enemiga


Siempre me han gustado las rubias con los ojos azules y me pregunto si se debe, de alguna manera, a mi fidelidad hacia ella. La recuerdo bien, aunque no he podido evitar que su imagen haya cambiado conmigo, cada vez se me antoja más tierna, más traviesa y pecosa que nunca. A todos los chicos de la clase nos gustaba Carolina. Y en aquella época, la única manera que se nos ocurría para acaramelarnos era intercambiar caramelos y cogernos de la mano.

Era un pueblo tan pequeño que los alumnos de varios cursos estábamos en el mismo aula. Nunca pasábamos de quince. Con los coscorrones de Don Antonio nos comportábamos todos igual, pero en el recreo salían a la luz nuestras diferencias. Se podía saber quién era quién por la merienda: el de bocadillo de chorizo, el duro de pelar; mortadela con aceitunas, la que aún creía en Papá Noel; de foie gras, el pijo repeinado; de mantequilla con sal, la apestada de la clase que vivía con sus abuelos; de aguacate, el chico atrevido al que todos envidiábamos en silencio mientras nos metíamos con él; y yo y unos pocos más, entre ellos ella, pasábamos sin pena ni gloria con nuestro típico jamón y queso.

Mi timidez es algo que he ido superando con el tiempo y fue a los siete años con Carolina la primera vez que me lancé con una chica. Le di una carta en clase. Se conoce que no fui muy torpe porque, ese día al salir de clase ella recogió el estuche y los cuadernos mucho más rápido; yo, como siempre, el último. Corrí para alcanzarla y llegué al portal, pero la calle estaba ya vacía. ¡Un beso me atacó por la espalda! Era ella que salía huyendo tras su travesura brincándole la mochilita al correr. Miró una vez hacia atrás con una sonrisa y subió la cuesta hasta que desapareció. Ese día me fui a casa con cara de margarita silvestre.

Llegó el amor, llegaron los celos. Yaiza, otra rubia, pero con el pelo rizado y los ojos marrones, una niña que ni me había hablado hasta entonces, quiso meterse en medio de nuestro primer temprano noviazgo. Y entre chicles de fresa, gomas, lápices con dibujitos y otros regalos, llegó una canica enemiga. Nunca había visto ese amarillo en una canica y mucho menos en una tan pequeña. Coleccionista de canicas, no me pude resisir y acepté gustoso el regalo, mas cuán fue mi torturada sorpresa cuando Carolina intervino.

-¡O dejas la canica o ya no somos novios! -me dijo en tono celoso y, de repente, sus ojos dejaron de ser redondos. Yaiza hizo un sonido gutural aguerrido como respuesta y me miró esperando que aceptara la preciosa canica.

-Caro, sólo es una canica. Nada más. -dije, pobre de mí, ingenuo en mi inexperiencia en mujeres. Para ellas este tipo de cosas son tan importantes que pueden echar a perder una relación. Me reiteró, ahora enfadada, lo dicho. Casi asustado le devolví la dichosa canica a Yaiza.

Los días siguientes fueron duros porque si hoy día hubiéramos dormido juntos, yo me hubiera quedado en el sofá. Y ya he descubierto que no es cómodo pasar una noche así. Sin embargo, no estábamos hechos para estar juntos. Sus padres me la robaron y se la llevaron no muy lejos, a unos sesenta kilómetros, difícil acceder por carretera, pero que para un querubín como yo se había ido al fin del mundo. Después de una temporada, deprimido golpeando piedras y caracoles, llegó otra carta, esta vez de Yaiza: “De todos los chicos de la escuela, solamente me has gustado tú”, dice el comienzo de la carta que aún conservo, que leo a veces con la inocencia perdida, y recuerdo que hubo un segundo amor después del primero.

Víctor J. Moreno (17/10/08)

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