In vino veritas


Al salir de Plassans, a la derecha de la carretera de Niza, se encuentra el siniestro ejido de San Mittre. Es un rectángulo de cierta extensión que, a la derecha, es bordeado por una hilera de casuchas; a la izquierda y al fondo, lo cierran dos muros roídos por el musgo que dan a una gran finca. Así cerrado por tres lados, el ejido es como un plaza que no lleva a ninguna parte y que sólo cruzan los paseantes.


Pese a mis años, guardo con todo detalle en mi memoria, la imagen del cementerio que antes ocupaba ese lugar, ya en tiempos anteriores a Napoleón III. Estaba bajo la protección de San Mittre, un santo provenzal muy honrado en la comarca. El terreno se hartaba de cadáveres por lo que abrieron otro sacramental al otro extremo de la ciudad. Pero la muerte seguía habitándolo. Abandonado, el viejo cementerio se había cubierto de una vegetación negra y espesa. Su suelo era una alfombra verde oscura salpicada de flores anchas y de un húmedo y singular esplendor.

Fue entonces cuando la ciudad pensó en sacar partido de la propiedad comunal. Pensaron que podrían plantar cepas de vid para fabricar vino y venderlo a otros arrabales lejanos. Arrancaron las malas hierbas y después se trasladó el cementerio. Excavamos hasta que conseguimos que la tierra vomitara los restos. Un carro transportó, durante una larga semana, despojos humanos que se iban diseminando por el pavimento mal nivelado, cruzando Plassans de punta a punta. Los niños despertaron de su quietud y se pusieron contentos y jugaron a los bolos con las calaveras; otros no tan niños colgaron fémures y tibias a las campanillas de la ciudad, dejando las callejuelas llenas de sombras agigantadas con los restos de los antepasados de Plassans.

La ciudad, demasiado abúlica para comenzar tan ardua empresa, encomendó la tarea de hacer prosperar el negocio del vino a los hermanos Pelloutier que tenían fama de comerciantes honrados. Ellos quisieron mantener en secreto los antecedentes del terreno para que no cayera una maldición sobre la uva. Los hermanos asignaron a otros amigos de Plassens, a mí entre ellos, la tarea de almacenar el vino en barricas de roble. Y tal era nuestro esmero que daba igual que hora fuera, incluso de madrugada, el vino siempre estaba acompañado por alguno de nosotros, ya fuera por los hermanos Pelloutier o por alguno de nosotros. Tardaron dos años en darse cuenta de que de la vid, a pesar de ser una parra joven e inmadura, manaba un sabor único. Tres años más pasaron hasta que se confirmaron nuestras sospechas. Se sabe que las uvas del sur de Francia no son ni muy dulces ni muy ácidas o secas, pero parecía que éstas del ejido de San Mittre rozaban la perfección. Separaron el terreno: una parte para los vinos más jóvenes y otra para la Gran Reserva.

La ciudad entera estaba contenta de poseer un elixir semejante, aunque no podían evitar sentir un profundo asco por ese vino deliciosamente diabólico. Pero había algo más que el propio vino, porque lo que realmente llenaba de gozo era el regocijo de mantener el secreto.

Entonces empecé a darme cuenta de que la ciudad comenzaba a cobrar vida: la gente cogió gusto a hablar en doble sentido, jugando con las palabras; también se les avispó la mirada, intentando desentrañar con suspicacia algún incauto que traicionara el secreto de San Mittre. Los artesanos enlazaron unas cuerdas a los árboles convirtiéndolas en varios columpios y los niños se mecieron animados. Un carpintero y un tallista construyeron, en su honor, una estatua de Baco saboreando una copa de vino. La madera se colocó en la puerta de la bodega y el atractivo fue tan conseguido que las mujeres quedaron prendadas como un flechazo embriagador. Los hombres no se pusieron celosos, llegaban a la bodega y les hechizaba el olor de ese vino del demonio y lo achacaban al dios. Pero todos, absolutamente todos, venían a escondidas a pedir su trago, muy de vez en cuando. Y nosotros guardábamos el secreto de su reservado asco.

Mientras, el vino edificaba su fama, boca a boca, como si poseyera espectros a su servicio para arengar sus cualidades sugerentes. Jamás hubo mejor vino joven en las posadas, pero pronto hasta éste pasó a ser adquirido por la nobleza. En el primer año, la riqueza del pueblo se vio multiplicada por tres. Los hermanos Pelloutier estaban tan pendientes de disfrutar con la creación y cuidado de la vid y de mejorar las añadas, que se sentían privilegiados y agradecidos al pueblo y se mantuvieron incorruptibles ante las tentaciones de algunos habitantes de Plassens y siguieron respetando la parte correspondiente de cada uno. Pero poco más pudo San Mittre hacer por nosotros.

Un marqués de Niza quiso hacerle un regalo a Napoleón III y se presentó ante él con un Gran Reserva del ejido de San Mittre. Llegaron unos soldados a Plassens dirigidos por el teniente Rian con tres carros vacíos dispuestos a llevarse todo el vino y con una orden del Emperador que obligaba al mantenimiento del viñedo a su servicio. -“Nuestro Emperador sabe que este elixir sólo puede ser de emperadores y exige lo que es suyo por naturaleza”, dijo el teniente Rian. – “La etiqueta -prosiguió- tendrá que cambiar y decir lo que dice en esta carta que le entrego en su nombre. Ya no se llamará ‘El ejido de San Mittre’, sino ‘Emperador Napoleón III’”. Ordenó que le sirvieran una copa y le sorprendió su sabor extraordinario, pude ver cómo se dilataban sus pupilas y se le caía la mandíbula en éxtasis.

Todo Plassens observó cómo cruzaban la ciudad con esos tres carros cargados con todas las botellas y se iban colocando detrás, como en un funeral de alguien muy querido por todos. Los soldados empezaron a ponerse nerviosos al ver que todos se iban incorporando a su paso con las caras largas, tocando los carros y despidiéndose para sus adentros. Aligeraron el paso y el pavimento mal nivelado meneaba las botellas hasta que una cayó al suelo, rompiéndose y derramando todo el líquido. Su fragancia hizo que muchos se quedaran oliendo el vino. Y vieron a lo lejos cómo los carros torcían a la derecha por la carretera que va a Niza. En Plassans se quedó solamente el secreto del antiguo cementerio y un sentimiento de desdicha. Cuando vuelven los soldados, el pueblo cierra las ventanas para no ver llevarse las botellas de vino.

El pueblo se quejó de que San Mittre había sido robado, pero en realidad se sentía desgraciado de no beber a escondidas, con la complicidad de sus amigos de la bodega. Asco era lo máximo que podían reconocer públicamente y, por supuesto, el robo a su santo protector. Durante esos días, eso fue lo único que nos atrevimos a hacer -sí, yo también me incluyo-.

Seguimos trabajando y la ciudad decidió cargar con nuestro sustento. Nuestra tarea no era producto de riqueza y empezamos a perder la amistad conseguida con los cautelosos bebedores que venían a la bodega, porque ya no se atrevían a venir. Baco era el único que se mantenía pétreo y con una serenidad majestuosa. Todo el pueblo se estancó paulatinamente: los columpios no mecían a los niños; las mujeres se desenamoraron de Baco; los hombres se volvieron celosos pensando equivocadamente que sus mujeres ya no les querían, pero tampoco hicieron nada, salvo sentirse profundamente tristes.

Empezamos a descuidar la bodega. Ya nadie se quedaba por la noche cuidando al vino como si fuera un eterno recién nacido. De noche no se veía ni un alma, las sombras iban extendiéndose como unas tinieblas. A veces me imaginaba que si pudieran hablar, nos recriminarían dejar que ese vino exquisito, ese elixir diabólico y, en parte, presente de nuestros antepasados, nos fuera arrebatado sin lucha y luego despreciado con un asco hipócrita. Pero no, era solamente una suave brisa que se perdía en un gran agujero nocturno.

El miedo paralizaba a Plassens, su única valentía era haber criado a sus hijos con disciplina, y enfrentarse a los soldados no cabía en su pensamiento. Pero, como si San Mittre me hubiese inducido ese menester dándome fuerzas, sentí que debía hacer algo, que debía poner fin a esta cobardía. La misma fama del vino tornaría en su contra.

Tomé la carretera hacia Niza e hice lo que tenía que haber hecho desde el principio. Conté el secreto del vino al primer desconocido que me despertó desconfianza al entrar en la ciudad. Le pregunté si conocía la historia y me respondió con otra pregunta: “¿Quién no conoce, en toda Francia, el vino poderoso de Napoleón III?”. Le dije, para incrementar su inquietud y deseos de extener el secreto, que necesitaba desprenderme de una pesada carga y que tenía que prometerme no contárselo a nadie. Tanto fue su morbo que, al revelarle de dónde procedía el abono del viñedo, no atiné a ver asco en su rostro.

Dos meses tardó en retornar la noticia a Plassens, pero con nuevos añadidos. Además, el Emperador había caído enfermo al tomar su propio vino y se decía por todos lados que se debía a una maldición de unos muertos del sur de Francia echada por un santo llamado San Mittre. Hasta ahí podemos decir que había sido cosa mía. Pero no los demás rumores extendidos por la imaginación de la gente que, por su falta de importancia y numerosas contradicciones, no voy a decirles. Sin embargo, uno anunciaba que -no sabíamos si era cierto- había ordenado a destruir el viñedo de San Mittre. En Plassens esto se convirtió en pánico y pensaron en que los soldados iban a cargar contra ellos. Se culparon unos a otros de revelar el secreto, pero cada vez se ponían más nerviosos y decidieron recoger sus cosas y abandonar la ciudad. Pero ese mismo día llegaron los soldados a Plassens y se encerraron en sus casas y cerraron las ventanas.

Cuando los soldados estaban destruyendo el terreno, se toparon con restos humanos y huyeron escandalizados, tal vez creyendo que la maldición caería sobre ellos y que contraerían la enfermedad del Emperador o alguna peor. Esta mañana he cogido la estatua de Baco y la he enterrado en el antiguo cementerio, junto a lo que queda de la vid. In vino veritas.

4 comentarios

  1. marikah usa un tamaño de tipografia mas grande

    • Vale ya está. Pensé que no era la fuente, sino yo que estaba dormido… xD Creo que es lo mejor que he escrito. ¡¡Adeu!!

  2. Me gusto este relato, ¿donde se compra ese vino?.

    • Gracias. Este vino es de Baco, pero lo puedes comprar en la tienda de aceite y vinagre de Polifemo.😉

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