La literatura ontológica (Nagarjuna)


El valor de la literatura se resalta al intentar comprender la realidad y, sobre todo y más importante, al conocerse a sí mismo. Nunca es tarde para encontrarse. Nuestra búsqueda, la búsqueda de cada uno de nosostros, es la búsqueda que se convirtió en delirio.

La ontología del encuentro se ha convertido en la culminación de la filosofía de Occidente (con Heidegger) o de Oriente (con Nagajuna o Shankará). Eso quiere decir que el primero ha tardado casi unos dos mil años más que el segundo en llegar a una conclusión similar. Con todo, la ontología de los hindúes supera a la del alemán. No obstante, tal diferenciación no importa aquí, más bien la literatura, pues se expone para qué sirve y por qué.

Todo el Cosmos funciona en un matrimonio en el que no se sabe de donde viene, pero que sí se conoce mediante el encuentro. El encuentro es la condición y la contingencia de todo lo existente. Y estamos aquí encapsulados en un cuerpo-mente recargado de deseos y ansiedades, angustias y náuseas, dichas y frustraciones, conflictos sin superar. Esta misma idea de contingencia o provisionalidad de las cosas también es un encuentro provisional, no una verdad eterna.

¿Cuándo un bebé empieza a ser bebé? ¿Cuándo un hombre, en su momento medido, deja de ser hombre? El axioma fundacional de la lógica es que no hay nada igual a otra cosa. Teniendo esto presente, la identidad es extraña al mundo y sólo tiene sentido en el universo del lenguaje.

Las palabras pues, dan por supuesta una identidad imposible de encontrar. Su ejercicio y manipulación consistirá en abstraer, en olvidar las diferencias, de lo particticular para atender a lo general. No es posible ordenar el mundo sin el olvido de las diferencias, de lo particular. Nada corresponde a nada. Nadie corresponde a nadie. El Cosmos ha hablado entre líneas de palabras y sólo aquél que tiene oídos para el silencio ha escuchado.

Y, sin embargo, el conocimiento se hace comprensible con la ironía. Se da a entender algo diferente a lo que dice. Surge un nuevo lenguaje: basado en metáforas de ilusión. Mostrar en lugar de decir es entonces la condición del mundo y también la del lenguaje.

Sakyamuni decía: “Yo no lucho contra el mundo, el mundo lucha a mi lado”. La compasión viene dada por la dialéctica de esta vacuidad. Porque la codicia desaparece al no poder poseer la cosas del mundo. Porque el odio, en un mundo de encuentros, en un mundo donde las cosas son un resultado de convivencias, será algo banal y extraño a la naturaleza del mundo. Y, por último, porque la estupidez de pensar que las cosas tienen una esencia recogida y estable, que no está sujeta al tiempo, lo que puede ser pensado o lo que puede ser nombrado.

No obstante, para Platón las Ideas eran estables, geométricamente estables. Para Nagarjuna, las cosas del mundo carecen de esencia, pero eso no las convierte en nada, pues tienen una naturaleza convencional. La esencia de las cosas se asemeja a la esencia de lo literario. El mundo se hace literatura, y si la esencia del texto consiste precisamente en eludir toda determinación esencial, esa esencia habrá de reinventarse constantemente, en cada lectura, en cada configuración de la imaginación, en cada encuentro. Si el lenguaje pasa de referirse a las cosas a verse a sí mismo como un ejemplo más de lo que son -testigo y muestra de las cosas-, la filosofía se convierte en narración y su lógica de lo que el mundo es.

Esta idea es moderna porque sugiere que el arte ayuda a la erradicación del sufrimiento. La construcción de una ficción literaria de verdades cura la enfermedad. De modo que la filosofía se transforma en terapia y antídoto para los tres venenos que habla el budismo o klesa (avaricia, ira y estupidez). Podemos verlo desarrollado en las filosofías de Walter Benjamin o Ludwig Wittgenstein.

Sirve de alivio para aplacar las inquietudes, para liberar a las cosas de lo extraño a su condición, de exorcisar lo que las perturba o corrompe. Se conserva lo mejor y se expulsa lo peor. Y se siente una especie de liberación o sosiego, un alivio en las emociones. Llegamos, entonces, a la catarsis.

El espacio está entre las palabras escritas y el silencio entre las habladas. Podemos hablar porque callamos. Podemos pensar porque silenciamos la corriente de palabras que asedia nuestra mente y la ordenamos. Las palabras designan cosas y esas cosas son vacías porque dependen de otras cosas. Nos engañan porque imponen sobre las cosas una autonomía que no tienen.

Como si”… entre lo que parecen ser y lo que son se encontrara la posibilidad misma del pensamiento, el espacio propio de la imaginación. El alma no es nuestra, se podría decir incluso que no existe, pero debemos hacer como si existiera. El alma es tan vacía como el resto de las cosas, pero habría que adiestrarla y cultivarla como si no lo fuera. De nuevo se nos pide un poco de imaginación, tanto en la realidad como en la literatura.

Una respuesta

  1. muy enriquecedor

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