La primera hormiga anarquista


Jonathan Acosta (colaborador).

Cuentan que, dando un paseo por el campo, Pierre-Joseph Proudhon, considerado por muchos el fundador del anarquismo moderno, se cortó la mano mientras tallaba en un árbol la palabra “Libertad”. Una de las gotas de sangre que manaron de su herida cayó sobre una hormiga que caminaba en fila junto a sus compañeras.

La hormiga, conocida por Félix, bebió aquel líquido viscoso relamiéndose todo el cuerpo. Al poco tiempo se preguntó por qué se apresuraba tanto yendo en una dirección que no había elegido. Así que, rompiendo el silencio que solía guardar – como todas las demás – , preguntó a la hormiga que le precedía:

-¿Por qué vamos en esta dirección? –a lo que la otra hormiga respondió que no sabía y que ella sola seguía a la que tenía delante.

Félix comprobó que todas seguían a la que tenían enfrente, así  que aceleró el paso hasta llegar junto a la que iba primero.

-¿A dónde vas? –Le preguntó. Y la hormiga le respondió que siempre hacían ese trayecto, pero no sabía por qué. Siempre había sido así.

Félix paró y se quedó allí, inmóvil, pensativo, viendo pasar al resto de las hormigas. Notó una sensación de vacío absoluto. ¿Qué iba a hacer ahora que pensaba que seguir a sus iguales no tenía sentido? Sin embargo, era muy difícil cambiar una costumbre de toda la vida.

Félix comenzó a morder las piedras y a hacer todo tipo de tonterías desesperadas. Quería probar cosas porque pensó que quizás una de ellas produjera algún efecto. Buscaba algo que le diese una pista sobre qué hacer ahora con su vida. ¿Adónde podría ir? ¿Qué debía hacer?

Después de morder piedras, saltar con las patas abiertas sobre el césped, frotarse un ojo contra un paquete de gazpacho que encontró en el suelo y otras locuras peores, descubrió que algunas cosas le producían una sensación desconocida para él hasta ese momento. Llamó a la sensación “felicidad”. Sucedió al darse un baño en el río, al oler hierbabuena, al ver a una hormiga preciosa y caminar junto a ella lanzándole piropos y besos… Luego ocurrió que fue encontrando cada vez más cosas que lo hacían feliz.

Decidió  ir a contar a sus compañeras las hormigas lo que había descubierto. Sin embargo, a sus congéneres no les gustó lo que Félix decía. Pensaban que, haciéndose tantas preguntas y dedicándose a buscar la alegría, morirían de hambre. Imaginaron que el caos y el desorden se adueñarían de todo. Sin organización no sobrevivirían en un mundo tan duro lleno de cucarachas, de vientos huracanados, de frío, de lluvias y de otros peligros.

Cuando algunas hormigas se plantearon hacer lo que Félix decía, la mayoría comenzó a preocuparse. Debían evitar el germen de la destrucción de la especie. Por eso sentenciaron a Félix a muerte, y, atándolo a un palillo de dientes, lo dejaron morir de inanición. Lo hicieron a la vista de todos, en un punto del recorrido que seguían a diario. Junto a él pusieron un cartel con este epitafio: “Muerte a los que no sigan el camino”.

Lo último que pensó Félix antes de expirar fue lo feliz que le hizo el haber intentado obrar correctamente. También pensó en que morir a esa hora de la tarde, con la luz anaranjada del ocaso y aquella deliciosa brisa tampoco estaba tan mal.

Jonathan Acosta

2 comentarios

  1. felixida es maravillar con kinder sorpresa quien sabe que hayar…

  2. Bonita fábula. Me gustó.
    El conocimiento también implica mayor nivel de sufrimiento, así que nunca sé que hormigas son las más felices. Pero me da igual, no iré detrás del trasero de nadie. Quiero disfrutar de los caminos que se me ofrecen.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: