El personaje de hielo


Es hora de que cuente la historia del personaje de hielo. Después de tantos años oculta entre el rumor y la leyenda, creo que la vida de Pedro debe ser  narrada con más honores. Honestamente, no me considero el mejor escritor para plasmarla en papel. Al contrario: es ahora cuando lamento profundamente no tener más talento para llevar mis palabras directamente a tu corazón, querido lector. Pero, al igual que un perro no pregunta cuando se encuentra un trozo de carne sin merecerlo, tampoco voy a hacerlo yo. Intentaré llevarlo a cabo lo mejor posible.

     Mi abuelo contaba que en Pobo, que era el pueblo más frío de España (como siempre recalcaba), vivió un hombre llamado Pedro. Trabajaba de peón en la fábrica de hielo desde que era niño. Con el paso del tiempo, sus compañeros de trabajo y los vecinos del pueblo comenzaron a notar algo extraño en él. Año a año, lentamente, Pedro iba adquiriendo un tono blanquecino en su piel y cabello. Muchos pensaron que padecía alguna enfermedad y procuraron no acercársele demasiado.

     Nadie sabe muy bien en qué momento, años después, sus vecinos dejaron de albergar dudas: Pedro estaba congelado; era de hielo. Sus movimientos, sin embargo, eran ágiles. Parecía sano y actuaba con total naturalidad,  a pesar de todo. Su aspecto externo (piel, uñas, pelo…) era traslúcido. Su tacto, frío como el hielo. Y además desprendía esa especie de humo característico que tienen las cosas congeladas.

     La expectación que generaba se hizo, al poco tiempo, muy incómoda. La voz se había corrido por Pobo y por otros pueblos, y de todas partes venía la gente a arremolinarse en los alrededores de la fábrica para ver pasar al personaje de hielo. Muchos alargaban sus manos para tocarlo, y otros, incluso lo golpeaban para comprobar su dureza. Lo cierto es que Pedro notaba los golpes como una persona normal de carne y hueso. Además, todo el mundo sabe que cuando uno está frío, los golpes duelen más. Desde fuera parecía duro como la piedra. Nadie podía imaginar que aquello le doliera.

     Al  principio, Pedro estaba algo aturdido con la situación. Había entrado a trabajar en la fábrica a los trece años. Después, el tiempo transcurrió  para él fugazmente, casi sin darse cuenta, hasta sus cuarenta y cinco actuales. Sólo sabía que poco a poco se había ido enfriando. Pensaba que eran las consecuencias del duro trabajo que desempeñaba. Se decía a sí mismo que tanto tiempo entre hielo tenía que afectar de alguna manera, igual que los mineros se van asfixiando poco a poco. Justificaba el que sólo le ocurriera a él y no a los demás trabajadores diciéndose que nadie llevaba tantos años en la fábrica ni pasaba tanto tiempo en las cámaras de hielo como él. Ni siquiera salía en los descansos que todos tenían. Y era cierto: Pedro era un trabajador nato e infatigable. Naturalmente, se había dado cuenta hacía mucho tiempo – al igual que todos sus conocidos, compañeros y vecinos – de que había cambiado de temperatura, color y textura.

     Pedro vivía solo. Únicamente hablaba con algunos compañeros veteranos de la fábrica que conversaban con él de vez en cuando, ignorando la comentada teoría de que lo que tenía era una enfermedad contagiosa. Ellos le preguntaban si era consciente de lo que le  estaba ocurriendo. Pedro contestaba que sí y trataba de restarle importancia al asunto, pero aquello le hacía reflexionar y plantearse qué era lo que le estaba pasando realmente.

     Sin embargo, era muy difícil concentrarse con aquel frío que le seguía a todas partes. A veces se sentaba con las manos en la cabeza e intentaba inútilmente pensar en algo trascendente. Poco después claudicaba, incapaz de centrarse mucho tiempo en una cuestión. Cada pensamiento iba seguido de una oleada de frío que le hacía temblar, y entonces sólo quería abrigarse cuanto antes. Pero no era posible. Su frío no tenía cura ni se podía paliar con nada. Al final dejaba de darle vueltas y pensaba que aquello debía de ser normal en él. Intentaba no preocuparse demasiado. Incluso creía que ir al médico en busca de un remedio era ir en contra de su naturaleza y de su deber como trabajador de la fábrica de hielo.

     Para su desesperación se convirtió con el tiempo en una de las atracciones más visitadas de la comarca: “El personaje de hielo de Pobo”. Los oportunistas del Ayuntamiento habían acuñado la frase “Sólo trescientas pesetas y verán algo que no olvidarán” para hacer su agosto. Pero Pedro nunca quiso dinero de ellos.

     Intentó  denunciar al Ayuntamiento por no haberle pedido permiso para explotarlo como atracción pública. Declinó las millonarias ofertas que le hizo el Consistorio para negociar un acuerdo de explotación de su imagen. Finalmente, el Ayuntamiento hizo valer una ley que decía que los derechos de la Constitución eran para las personas. No consideraban a Pedro como tal ni creían que fuera capaz de demostrar que era humano. Pedro intuyó que era inútil oponerse al Ayuntamiento legalmente y decidió no iniciar una querella. Pensó que hacerlo sería en vano y lo dejó estar así: sin cobrar ni una peseta. Él no era ningún vendido, sino sólo un humilde peón.

     En este mismo asunto iba pensando un día camino de la fábrica cuando alguien le lanzó un dardo para comprobar si se clavaba en el hielo de su piel. El dardo atravesó una capa externa de hielo y se clavó  en la espalda de Pedro. La herida comenzó a sangrar. Desde fuera veían manar de ella un líquido verde claro. Todos coincidieron en que, por su apariencia y olor, era una especie de líquido anticongelante. Ahora entendían cómo podía fluir la vida debajo de todo aquel hielo. Al menos, aquello hizo saber a la gente que no debía infligir cortes a Pedro, no se les fuese a derretir o a congelar del todo. Fue impresionante el afán y la rapidez con la que se lanzaron sus vecinos aquel día a taponar su herida con bolsas y placas de hielo. Pedro sentía un enorme frío, pero la gente no podía ni imaginarlo y siguió aplicándole hielo.

     La economía de Pobo iba mucho mejor desde que Pedro se había congelado. Además ya todo el mundo había olvidado la teoría de la enfermedad contagiosa y el personaje de hielo era querido y respetado en el pueblo. Pero para Pedro el asunto del dardo fue un punto de inflexión. Su paciencia se había acabado. No soportaba un solo día más su situación y decidió  desaparecer  de allí para siempre. Y así lo hizo. Nunca más volvió a Pobo. Sin embargo a todo el pueblo le llamó la atención que, poco después, algunos escritores publicaran historias y cómics de un extraño personaje de hielo que tuvo mucha aceptación entre los lectores. Varias canciones hablaban de él e incluso mi abuelo recordaba haberlo visto en cortos papeles de películas de Hollywood.

     A pesar de estos datos, nunca nadie ha podido demostrar la existencia de este hombre. Ni creo que se llegue a lograr. Los registros documentales de los lugares por donde pasaba se congelaban y desaparecían derretidos. Cualquier papel que pudiese demostrar su existencia (su  carné  de identidad, su pasaporte, su libro de familia, una factura firmada…) se había congelado y convertido en agua. De manera que su pasado se había derretido, su presente estaba congelado y su futuro era una incógnita desoladora similar a un mar plagado de rocas heladas.

     Intentó  llorar y comprobó que no salían lágrimas de sus ojos. En su lugar, ante una situación de tristeza o dolor, su cuerpo expulsaba pequeñas y afiladas espinas de hielo por todas partes. Podía ser muy peligroso para el que estuviera cerca. Así que no podía llorar a menos que estuviese solo y encerrado en un lugar seguro. Llorar era muy desagradable y doloroso. Solía encerrarse en un cuarto con paredes de granito y comenzaba a oír el estruendo de miles de púas de hielo estrellándose contra las paredes. Algunas veces las espinas rebotaban y se clavaban en su carne o incluso en sus huesos.

     Decidió  llorar sólo cuando tuviera que defenderse. En los archivos policiales existen casos de muertes incomprensibles que ahora puedo entender. Eran unas muertes en las que las víctimas habían sido perforadas por cientos de minúsculas punzadas de las cuales no quedaba ningún rastro. Sólo quedaba una gran cantidad de agua en los cuerpos. Principalmente eran asaltantes, ladrones, o algún incauto que lo había puesto nervioso. Aunque también, algún inocente que se puso delante de Pedro en el momento equivocado.

     Siempre trató de evitar perder el control, pero, ¿quién no lo pierde de vez en cuando? Por eso Pedro tenía también sombras del pasado que lo atormentaban alguna que otra noche. Dormía solo. Nunca pudo dormir con una mujer. No sólo era el problema de lo desagradable que resultaba su piel de hielo al tacto de una mujer (aunque hay mujeres para todo, y además: ¿quién no se ha comido alguna vez un polo?), sino el riesgo que hubiera corrido su compañera de cama de haber tenido una pesadilla.

     Pedro pensaba en la ironía que suponía el hecho de que su arma más sangrienta y demoledora fuera su llanto. Se  trataba de  un arma natural, distinta de los infames artilugios humanos diseñados para matar. Él solía pensar que era un arma que le había sido dada por Dios.

     Pedro recordaba a su primera víctima. Fue una chica del pueblo de la que nunca se supo cómo ni por qué desapareció. Pedro enterró  su cuerpo; no podía hacer otra cosa. Estaba muy asustado. Era la chica que de joven había sido su primer amor, cuando todavía era una persona normal. Ella le correspondió, hasta que Pedro comenzó a sufrir síntomas claramente visibles de su mutación. Fue su primer y último amor. Y, por motivos bien distintos, también él fue el último de ella.

     Años después de haberlo abandonado, Pedro la encontró paseando al lado del río de vuelta a su casa. Se aproximó a ella para saludarla y ver cómo le iba. Quizás quería también verla de cerca, olerla… Pero ella reaccionó rechazándolo casi a empujones, con una mirada de horror y asco en sus ojos. Pedro  no pudo reprimir su desesperación. Se preguntaba atormentado qué le ocurría y por qué tenía que haberle sucedido a él. Entonces una sensación muy extraña le recorrió el cuerpo, como un escalofrío húmedo que iba hacia arriba desde su pecho. Era algo así como un inmenso barranco por el que venía una riada imparable que brotaba de su corazón en dirección a sus ojos. Y luego, como si de una eyaculación se tratase, tuvo un orgasmo de placer fugaz, seguido de dolor y de horror al ver lo que había hecho. La chica yacía convulsa en el suelo, con cientos de agujeros limpios donde estaban profundamente clavadas las espinas de hielo. De ellas salía un vapor, una especie de humo rojizo, y las agujas  se iban tiñendo progresivamente de sangre. Al rato, las espinas se partieron y terminaron de derretirse en la tierra. Poco tuvo que enterrar de ella, porque al contemplar lo que había hecho lloró y lloró hasta que sólo quedaron jirones de su cuerpo. Llevó sus restos en una bolsa de plástico lejos de allí. Bien apretados sólo eran del tamaño de una sandía. Quitó la tierra manchada de sangre y la enterró también. Llevó tierra limpia al lugar y decidió llorar durante horas para destruir el escenario del crimen y cualquier prueba.

     Aquella parcela de terreno quedó arrasada: árboles enormes, caídos; extensas capas de follaje, destruidas, y varios animales que estaban cerca, casi desintegrados. En el pueblo dijeron que allí había aterrizado un ovni. Cobró gran verosimilitud la teoría de la abducción por extraterrestres. Incluso los padres de la chica acudían todas las noches a aquel lugar con potentes linternas para hacer señales al cielo y que supieran dónde debían devolverla.

     Pedro trató de hacer una vida normal. Su existencia consistía en contener sus sentimientos y su repulsión por sí mismo durante el día y vomitarlos llorando contra las paredes por la noche. Dormía en un cuarto reforzado con acero que tenía las paredes y el techo muy alejados de él. Su cama, también de acero, se encontraba justo en el centro de la habitación y así no rebotaban las espinas de hielo contra él. Eso sí: despertaba siempre empapado por el hielo derretido, y más cansado que antes de acostarse. Por eso evitó dormir en la medida de lo posible. Era algo que su frío y lento metabolismo le permitía. Pasó semanas y hasta meses sin dormir. Todo esto ocurría más o menos cuando le clavaron el dardo. Por dicho incidente y por el asesinato – entre otros motivos- decidió marcharse a buscar fortuna a Estados Unidos: la tierra de las oportunidades. De este país solía comentar con rostro serio y gélido – cómo no – que era el mayor glaciar que había conocido.

     Ya en América, al tener lugar otra muerte accidental producida por sus espinas en cierta ocasión, Pedro observó cómo se derretían las agujas de hielo ensangrentadas, mientras el alma de aquel hombre parecía esfumarse junto con ese vapor rojizo que salía de sus heridas. Y entonces pensó en él mismo. En su alma. En si se derretiría él también ensangrentado y desaparecería para siempre. Concluyó que sí: que así sería. La cuestión era cuándo; cuánto tiempo tenía. Las personas normales saben aproximadamente cuál es su esperanza de vida, pero, ¿cuánto vivía un hombre de hielo? Pedro no podía saberlo de ninguna manera. Aunque intuía que menos que un hombre corriente. Lo sabía por el cansancio que se iba pegando a sus miembros. Por el insomnio y sus sobresaltos cuando dormía. Porque cada vez que finalizaba uno de sus sueños, recordaba ver en una placa de hielo unas marcas que iban desapareciendo. No recordaba exactamente cuántos palitos había, pero una cosa era segura: eran pocos.

     Entonces decidió dejar atrás sus propios odios y resentimientos, y pensó  que los años que estaba malgastando tan rápidamente eran los mejores que le quedaban. Después todo iría a peor. Concluyó que todas las cosas horribles que había hecho no habían sido por su culpa. Él  nunca quiso ser así, de hielo, pero le había tocado sin haber hecho nada para merecerlo. Por ese motivo extrajo finalmente la culpa de su espíritu. Al igual que con sus víctimas, una espina de culpa que se había arrancado con todo su odio y rechazo por sí mismo, se derritió y desapareció. Desde ese momento dejó de mirarse en espejos externos, y cada vez que quería verse, miraba el reflejo en su propia piel de hielo. Era una imagen poco nítida, pero sabía que aquella sombra risueña del fondo era él, tras la capa de hielo que el mundo había puesto a su alrededor. Fue consciente de que estaba dentro, y fuera, en el reflejo de sí mismo en su piel. Se sintió feliz y un efluvio de calor interno le hizo arder un momento; lo suficiente como para que el recuerdo de ese calor lo confortase cuando quisiese, allá en el fondo de su mente.

     A partir de ahí, Pedro decidió reunir todo el dinero que pudo con apariciones en más películas y vendiendo su historia real (y otras ficticias) a algún periodista avispado. No sé si hace falta que diga que yo era uno de esos periodistas cazahistorias. Él me dijo que lo que me vendía era su historia, la verdadera, y que debía ser consciente de la confianza que en mí depositaba. Yo asentí tranquilizándolo. No me pareció en ese momento sino la locura de un pobre viejo que buscaba dinero rápido. Lo despedí amablemente sin comprarle la historia, pero insistió en que me la quedara gratis y en que, por favor, la conservara por si algún día cambiaba de opinión y la publicaba. Así lo hice sólo para que se marchara.

     Un día recordé la historia que me contó mi abuelo sobre Pedro, el personaje de hielo de Pobo. Vino a mí como vienen los recuerdos olvidados: sin avisar y sin tiempo de retener  ni analizar los detalles. La historia que contaba mi abuelo era idéntica a la de aquel anciano loco. Ese viejo forrado de ropa al que ni siquiera miré, dejó en mi despacho y en mi corazón una sensación de frío que no cesó hasta reescribir y publicar su relato. Lo hice tal y como él me la contó.

      No sé  qué habrá sido de Pedro. Tras muchas investigaciones, he oído a algunas personas hablar de un hombre de hielo que les comentó  que se iba a El Polo, porque allí viviría más. “Desnudo en El Polo”, “desnudo en El Polo”, dijo aquel hombre mientras se alejaba riendo. Sin embargo yo no lo creo así. Prefiero pensar que Pedro aprendió a generar aquella sensación de calor que experimentó una vez. La capa de hielo se retiró al fin, derritiéndose y evaporándose, mientras él permanecía tendido al sol pensando sin cesar en la cálida felicidad. Prefiero pensar que se fue lentamente hacia la lluvia, y que finalmente cayó sobre nosotros mojándonos sin rencor. Pero esto que creo no deja de ser una ilusión para dar un poco de calor a una historia fría que cayó en mis manos, y que ahora cae en las vuestras.

     FIN

Jonathan Acosta (colaborador de El Blog del Albatros Literario)

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