Los “Nadie”. (Jonathan Acosta)


El 22 de febrero de 2008 me encontraba subiendo por las escaleras de salida del metro próximo a Chueca, como todos los días. Eran las nueve de la mañana. La gente se movía al ritmo de la sinfonía que marca la gran ciudad: un ritmo monótono y uniforme. Cuando salí, el sol me daba de frente deslumbrándome. Al girar la cabeza para evitarlo vi a la repartidora de periódicos gratuitos. Noté algo extraño en ella y al fijarme bien advertí que sus ojos estaban completamente vacíos, en el sentido de que sus pupilas y su iris no existían y sólo había en su lugar una circunferencia negra. Observé durante unos segundos a la gente y nadie parecía darse cuenta de mi hallazgo. No solemos mirar a los ojos a una repartidora que, mecánicamente, entrega y entrega ejemplares. No era ciega, puesto que sus movimientos eran normales y seguros. Pensé que el sol me había deslumbrado y por eso era yo el que no veía bien. Continué mi marcha y fui al trabajo, dándome cuenta de que nunca había mirado a los ojos de un repartidor y de que, aparentemente, nadie lo hacía. Esta es una sociedad fría y ensimismada. Al día siguiente volví a fijarme en ella. Tuve mucho cuidado de no mirar al sol al salir. Sus ojos estaban vacíos, pero no sólo los suyos, sino también los de los otros repartidores. Así fue como descubrí la existencia de los “Nadie”. Lejos de asustarme, esperé a que terminase su turno de trabajo y los seguí. Todos entraron en el metro, y a las doce del mediodía, en la parada de Delicias ocurrió lo que os voy a contar: justo acababan de partir los dos trenes en ambos sentidos y en la estación sólo quedábamos los “Nadie” y yo, que estaba bien escondido. Ellos bajaron a las vías y se apresuraron a adentrarse en la oscuridad del túnel. Los seguí tan rápido como pude. Estaba muy oscuro y me concentré en seguir el ruido de sus pisadas. Al llegar a un recodo de seguridad entraron a través de una puerta que se abría y cerraba lentamente. Me acerqué a ellos tratando de confundirme entre la multitud y no repararon en mi presencia. Lo primero que vi fue un pasillo interminable con puertas a ambos lados y muy poco espacio entre ellas. Parecían hileras de celdas muy estrechas: una especie de compartimentos en donde iban entrando. Pensé que ahí dentro debía de haber sólo un pequeño catre y poco más. Inmediatamente antes del pasillo había una especie de cafetería o salón social. Los que llegaban se repartían entre las celdas y este salón. Hablaban entre ellos una lengua incomprensible para mí. Me dio la impresión de que lo era incluso para ellos mismos. Todos hablaban a la vez, sin parar. Nadie parecía escuchar. Sin embargo, estaban comunicándose. El sonido de la habitación era un ruido informe que producía cierta somnolencia. La chica repartidora que había visto el día anterior se acercó a mí y me dijo: -Tú miras de frente aún. Sé que me has seguido. ¿Qué quieres? -Quiero saber qué está ocurriendo –respondí-; quiénes sois; por qué no tenéis ojos… -Tienes muchas preguntas –contestó-, y las respuestas están en nuestro interior. Lo que hacemos aquí es buscar respuestas. En cuanto a nuestros ojos, sí que los tenemos, pero los giramos hacia adentro. Mi pupila está en el sentido opuesto a la tuya. Por eso parece que no tengo ojos. -Pero ¿cómo hacéis eso? -Verás –me dijo la chica con un tono humilde, pero seguro al mismo tiempo- : el mundo no es lo que parece. Hay muchas cosas que no hemos descubierto aún. Una de ellas es el poder de los sonidos. La combinación de ciertas notas y tonos despiertan emociones en nosotros. Nada estimula mejor el recuerdo que la música. Y nada nos cambia el ánimo como ella. Pero el poder del sonido va mucho más allá. Hay palabras que nunca se han pronunciado y que producen efectos desconocidos. Son palabras que constituyen la verdadera y poderosa lengua original del hombre. Es una lengua perdida por oscuras razones. Veo que no crees lo que te estoy diciendo . Entonces sacó un papel y un lápiz de su bolsillo y escribió estas palabras: “sijnafrad cognonité”. Las pronuncié y una vibración aguda zarandeó todo mi cuerpo. Sentí cómo se estremecía mi cerebro y dejé de ver. -¡Dios mío! ¡Estoy ciego! ¿Qué me has hecho? ¡No puedo ver! ¡No puedo ver! -Trata de tranquilizarte y presta atención –me dijo alzando ligeramente la voz-. Presta atención a lo que ves en tu oscuridad. Ahora estás mirando hacia dentro. Noté cómo mi mente se aclaraba y mi espíritu se relajaba. Pude verme a mí mismo: a mi interior. Pude ver mis miedos y sensaciones… Todo lo intangible que tanto nos cuesta analizar se tornó sencillo y comprensible. ¡Comprendí tantas cosas en unos segundos…! ¡Fue una revelación. Y entonces caí en la cuenta de un detalle: le pregunté a la chica por qué la gente no se daba cuenta de que no tenían ojos. – Prácticamente somos invisibles. Nadie nos mira a los ojos. Que tú lo hicieras fue mera casualidad. Pero atento: ¡mira a tu alrededor! ¿Los oyes? ¿Entiendes algo de lo que dicen? Presté atención a la conversación de la mesa de la derecha. Estaban pronunciando palabras incomprensibles. Aquello no se parecía a ningún idioma que yo hubiera escuchado. —No entiendo nada de lo que dicen —le respondí. —Lo que hacemos aquí es pronunciar y apuntar palabras, combinaciones de sonidos sin significado aparente, para tratar de descubrir nuevos efectos y clasificarlos. Buscamos la verdadera sabiduría perdida de la humanidad. Dedicamos nuestra vida a probar y probar combinaciones de sonidos y, muy lentamente, avanzamos. —Pero… no puedo ver: sigo ciego. Vosotros camináis como si pudierais ver . Mis preguntas y preocupaciones banales parecían impacientar un poco a mi compañera. —No te preocupes —respondió— . Nuestro médico puede introducirte un espejo muy pequeño en el fondo del globo ocular. Concentrando muestra mirada en el espejo podemos ver reflejado el exterior. Es difícil: tendrás que acostumbrarte a verlo todo al revés, pero lo lograrás. Es un precio muy bajo por lo que se nos revela. Se quedó unos segundos pensativa y continuó diciendo: —Lo más parecido a lo que somos es una composición de sonidos única en un universo infinito de ruidos ininteligibles e inabarcables. ¿No has visto en tu interior una palabra? Es lo primero que se nos revela: nuestro nombre. Me concentré y pude ver con claridad cómo se iluminaban letras que compusieron una palabra: “Lemdinoá”. Involuntariamente lo pronuncié en alto y sentí una satisfacción enorme. —Encantada de conocerte, Lemdinoá. Yo soy Namco. Bienvenido. No podía frenar las lágrimas que caían por mi cara, ni quería frenarlas. Namco se levantó, se despidió y se fue a su departamento. Ella sabía que yo tenía una conversación muy larga pendiente conmigo mismo. No sé muy bien cuántas horas pasé solo haciéndome muchas preguntas que siempre habían quedado sin contestación. Buscaba respuestas. El agotamiento fue lo único capaz de cortar mi monólogo. Nunca me sentí más acompañado que en esos momentos y nunca más he sentido lo que antes llamaba “soledad”. Me dormí pensando que el resto de mi vida sería un pronunciar sonidos aleatorios, sin guía, sin maestros, tratando de encontrar las combinaciones que hicieran vibrar las cuerdas vocales. Sería algo así como componer una canción que solo yo sabría concluir. Pasé varios días en el hogar de los “Nadie”. Me operé los ojos con la inserción del espejo y me fui acostumbrando a mi nueva visión. Descubrí que no había mejor sitio que el exterior para vivir y obtener inspiración para encontrar nuevas palabras. Cuando salí por fin a la luz un soleado día de marzo, miré a los ojos a cada persona que se me cruzaba y en todos ellos descubrí notas mágicas. Eran notas a las que tenía que prestar toda mi atención. Después, en la oscuridad, las recordaba y las combinaba. ¡Cuántas palabras descubrí! Todo estaba allí, en los ojos de los demás. Pero nunca habría llegado a entender las cosas que podía descubrir si no me hubiera convertido en “Nadie” .

Jonathan Acosta es un infiltrado en el Albatros Literario. Poco a poco irán incorporándose tantos infiltrados que el autor del Blog, esto es, un servidor, quizá se quede sin su página de tinta virtual. ¡A ponerse las pilas!

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