El peso de los secretos (Jonathan Acosta)


Era el sultanato de Ihbar tierra de jazmín y azahar, hogar de gentes de corazón puro, cofre de suntuosas riquezas y cuna de adelantados sabios, pero nada igualaba en fama a la belleza de su princesa Zoraida.

Solo había transcurrido una luna desde que el Sultán hizo saber que buscaba marido para su hija Zoraida y ya eran tantos como estrellas los príncipes que esperaban arrodillados, frente a las doradas puertas, la oportunidad de presentarse como pretendientes. Yo era uno de ellos.

Mi nombre es Ebn Samir y soy príncipe de las humildes tierras de Mirka. Antes era conocido por mi honestidad, prudencia, sabiduría y orgullo. Sin embargo, ahora estoy olvidado y aplastado por el peso que Alá puso sobre mis hombros. Le culpo por hacer al hombre de una materia corrompible, como la fruta o las flores que pudre el paso del tiempo.

No obstante, quiso el destino que aquel día en que el Sultán recibía a los pretendientes fuese mi discurso dulce y embriagador al alabar su reino, fuerte al ensalzar mi poder contra los enemigos, firme como el acero al mostrar mi alcurnia y mis principios, y sedoso y cálido al proclamar mi amor por Zoraida.

De esta manera fui yo el elegido entre príncipes de toda Persia, Arabia y muchos otros lugares del mundo para desposar a la más hermosa mujer que vieron y verán los tiempos. Tan ciego y sordo me dejaron aquellos ojos de agua y miel que no atendí a la advertencia del Sultán:

-Mi hija arrastra –dijo el Sultán- la maldición de un genio celoso y maligno. El que se desposare con Zoraida no deberá tener secretos para con ella, pues cada uno de ellos haría caer sobre las espaldas del marido el peso de una alforja cargada de plomo.

¡Ingenuo de mí! Me pareció cosa fácil no tener secretos para mi esposa. No sabía en mi juventud que no disfrutar de una cueva en la que escondernos a veces, incluso de nosotros mismos, podía ser una oscura y húmeda cárcel.

A pesar de ello, los primeros años fueron un oasis de éxtasis y felicidad. Ella era alegre como el amanecer, hermosa como el rojo sol de la tarde y apasionada como las noches de luna llena. Era mi luz a todas horas del día.

Años después tuve que viajar en cierta ocasión a Bagdad por motivo de negocios. Hube de cerrar un trato con un hombre que a mi llegada me ofreció la hospitalidad de su casa. Allí sacié mi hambre y mi sed con una cena en la que nada faltó. Después, mi anfitrión me deleitó con el baile de sus doncellas favoritas. Entre las bailarinas había una que no apartó su vista de mí en ningún momento. Sus ojos rasgados y los movimientos de su cuerpo, como los que hace una cobra atontando a su víctima, me embelesaron. Pronto me descubrí deseando fervientemente a aquella mujer. La prudencia me hizo recordar la maldición que sobre mí pesaba y mi amor por Zoraida. En ese momento, arruinando los negocios que tenía entre manos, me levanté presuroso abandonando la casa en que estaba invitado sin dar excusa alguna. Mi comportamiento fue un insulto para mi anfitrión, pero la única posibilidad de resistir aquella ardiente tentación que me corroía era marcharme inmediatamente de allí. Era un hombre importante y someterlo a tal desplante fue una mancha indeleble en mi reputación.

Al llegar a casa y ver los ojos de Zoraida sentí un peso sobre los hombros que hizo que me encorvara ligeramente. Apenas logré esconder mi sentimiento de culpa ante mi esposa. Pensé en confesarle mi falta, pero ella era extremadamente celosa y no hubiese perdonado una infidelidad aunque solo se hubiese producido con el pensamiento.

Tal como imaginé, poco después mis negocios se empantanaron y comenzó el marasmo. Mi bolsillo se resintió bastante, pero el orgullo me hizo ocultar mi suerte a Zoraida. Alá no había creado una mujer tan bella para estar con un hombre mediocre. Así que otra vez noté incrementarse el peso sobre los hombros. En esta ocasión fue imposible disimular y mi mujer me preguntó por qué andaba encorvado y dolorido.

-Este maldito caballo –contesté- me ha tirado al suelo y me he golpeado en la espalda.

Con esa respuesta Zoraida quedó convencida.

Pasado un tiempo perdí mi honestidad por unas sucias monedas de oro. La ruina se cernía sobre mí y para evitarlo me dediqué a actividades innobles con personas de baja ralea. Estuve vendiendo esclavos y también drogas, que alteran la conciencia de los hombres; engañé y fui desleal en los negocios para estar a la altura de lo que merecía Zoraida. Cubrí de fango los preciosos dones que mi Dios y mis padres me otorgaron: la honestidad, la prudencia, la sabiduría y el orgullo.

Al llegar a casa no tuve el valor de abrir mi corazón a Zoraida y decirle la verdad de lo que había estado haciendo con mis negocios en este último viaje. Así que, al ocultarle otra cosa, cayó sobre mis hombros un peso insoportable que me derribó. Caí al suelo sin poder levantarme y enfermé gravemente. Los mejores médicos no eran capaces de encontrar la razón de mis dolencias. Zoraida mandó llamar a un sabio judío experto en detectar males oscuros. Tras observarme con detenimiento nos explicó que sobre mis hombros recaía un peso invisible que aplastaba mis huesos y mis pulmones. Zoraida, al oír aquello, entendió el origen de mi enfermedad y lloró durante días sintiéndose traicionada.

-Esposo mío –me dijo un día- : ya sé que el peso de los secretos que te empeñas en ocultarme es lo que te está oprimiendo y llegará a matarte. Confiésalos pues y libérate de esa carga que destroza tu vida. No obstante, debes saber que jamás podré estar con un hombre que no sea íntegro y honrado. No hay solución: salva tu vida y pierde a una esposa.

Ahora, cuando el peso de los secretos apaga mi vida y la vergüenza va cerrando mis ojos, empuño con fuerza mi orgullo, que rara vez abandona nuestros corazones, y sonriendo mientras hago un guiño a Zoraida pronuncio mis últimas palabras:

-Ha sido ese maldito caballo, que me ha vuelto a tirar. Necesita un jinete más hábil.

FIN

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: