Albatros.- Reportaje


Reportaje

La ingrávida elegancia del albatros es inconfundible incluso entre otros gigantes de las aves. En el cielo ha de hacer poco esfuerzo, que no le impide realizar su trabajo arduo y familiar. Su vida está dedicada a su pareja y sus crías. Sus hombros cargan esa responsabilidad con una firmeza que bloquea sus alas, largas y delgadas, para planear un viaje sin aleteos durante tres mil kilómetros cuando la cría a alimentar es más grande. Consume un mínimo de latidos en su corazón, próximo al estado de reposo. El aire no se resiste a su elegancia y lo sostiene en una brisa de silencio.

Esa fortaleza en el cielo es precisamente su debilidad en la tierra. Su mayor dificultad es batir sus enormes y elegantes alas de tres metros al levantar el vuelo y aterrizar sus cortas patas. El albatros no está hecho para la tierra, sino para el cielo. Y la mayor parte del tiempo que está en la tierra lo dedica a cuidar de la única pareja que tendrá en la vida y, quizá también, la única cría al poner un solitario huevo. La danza nupcial, con complejos bailes, silbidos y el golpeteo de sus picos, marca el vínculo de la pareja, pues su éxito es haber elaborado un lenguaje que sólo conocen ellos y que puede llegar a usar durante treinta o cuarenta años de monógama relación.

Su vulnerabilidad se explica porque sólo tiene un lugar de anidación, su maduración sexual y reproducción tardía, tan larga y exigente, al cuidado de un solo huevo y en un área muy extensa, es proclive al ataque de depredadores. Algunos padres no logran alimentarse lo suficiente y otros mueren por el camino: cazados por algún tiburón que aprovecha su reposo tras un largo viaje o el depredador más versátil, el hombre.

El albatros es también una “flor de mal” que dedicó Charles Baudelaire a este torpe y elegante ave. O la oda que cantó Coleridge de aquella tripulación de marineros que ve un albatros, ave de buen agüero; sin embargo, un marinero dispara sin motivo alguno con su ballesta. La muerte amenaza al barco y el marinero aprende a bendecir las criaturas del mar. Esto recuerda el mito extendido entre los marinos que, como ave de buen augürio y la más legendaria, dañar o matar a un albatros resulta desastroso. La creencia popular de que los albatros encarnan los marineros muertos en el mar. La realidad es más dura, pues los marineros los mataban y comían con regularidad.

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