Relato cómico (I) de Víctor Javier Moreno


Conspiración perruna

por Víctor Javier Moreno


¿Cómo sabe uno si lo quieren? Cuando estuve vivo, nunca fui demasiado popular, y eso me creó un complejo que combatía con mucho esmero y pocos logros. Con la familia, y esto es lo que más me duele, si yo iniciaba la conversación, ni mis hijos ni mi mujer sentían la necesidad de articular palabra, más allá de los comentarios esclusivamente domésticos, e incluso el perro dedicaba algunos ladridos poco amigables. En el trabajo, si tenía que quedarme hasta tarde, cerraban y apagaban las luces conmigo dentro. No es que se olvidaran de mí, sino que, a veces no prestaban atención si ese día había venido el tipo calvo de la mesa del fondo, “el encargado de nosequé”, algo así me llamaban en cuchicheos. Me había puesto ahí mi jefe que, llevando puesto aún el pijama de rayas debajo de la cazadora y las pantuflas, tuvo que venir en repetidas ocasiones a liberarme de mi cautiverio. Hasta que se cansó.

La última vez no acudió en respuesta a mi llamada, me quedé esperando hasta que abrieron la oficina a primera hora. Mi jefe entró directo al baño y cuando salió me felicitó por mi puntualidad. Me pareció que no se acordaba de que lo había llamado la noche anterior solicitando ayuda. Sin embargo, preferí que lo hubiera hecho adrede porque el rechazo se puede encajar, pero la indiferencia hiere profundamente, y sin pretendérselo siquiera. O dicho de otra manera, cuando un conocido te desprecia, si realmente te desprecia, eso significa que primero te apreció.

Cuando se lo conté a mi mejor amigo, no me creyó. Pensó que sólo quería llamar la atención reinventando mi vida para hacerla más interesante. “No exageres, tu vida no está tan mal. Pero tranquilo, conmigo no hace falta que mientas que para eso estamos los amigos. ¡Suéltalo!”. E hice lo propio. Eché toda la papilla. Lo peor de todo es que, desde que soy un hombre adulto, hacía todo lo posible por no mentir. No quería que me creyeran ni que me escucharan todos, me bastaba con una sola persona en el mundo. Pensaba que para llamar la atención, una enfermedad mortal -contraída consciente o inconscientemente- hubiera sido la solución. De pequeño me dí cuenta de que la vez en la que mi madre más me quiso fue al partirme la tibia y el peroné. ¡Qué momentos aquellos de ambivalencia! Postrado en cama y con la escayola sin firmar, blanca de soledad. Me cuidó con purés, brócolis, puerros y apios. Todas esas verduras que los niños detestan tuvieron para mí el mismo sabor destestable que cualquier niño, pero me repetía a mí mismo que eso era porque me quería y para que me recuperara cuanto antes. Partirse un hueso no es contagioso, pero mi madre era simplemente la prudencia personalizada, y la varicela la pasé en el trastero. Así que estoy convencido de que algo me quiso mi madre.

Pero entonces, poco antes de morir, cuando pensé que mi vida no podría ser más surrealista, mi suerte cambió. Nunca le caí bien al perro -y eso que fui yo quien le sacó de la perrera-, es más, siempre sospeché que pretendía a mi mujer. Por esa razón no me extranaría que, con su mordedura, entrara en sus planes transmitirme la rabia. Justo el domingo, el único día que pasaba algo de tiempo con mi familia, aunque solo fuera estar con ellos sin decir ni mu. Y como yo soy un pobre ingenuo nunca se me pasó por la cabeza que fuera un hijo de perra. Aunque ya no me sirve de nada, tengo un poquito más de mala idea y me sirve para atar los cabos de la conspiración perruna.

Antes que nada tengo que describirles cómo es el conspirador en cuestión. El perro se llama Paul Newman. Y no, no fue cosa de los niños, como pensé en un primer momento, sino idea de mi mujer. Pero evidentemente, no iba a sospechar nada a esas alturas. Se trata de un samoyedo, una bola de pelos blanca, de complexión fuerte -el perro de trineo capaz de arrastrar todos los regalos de los niños si Papá Nöel decidiera jubilar a los renos-, y con un hocico sibilino e hipnótico. El día que lo saqué de la perrera, Paul estaba enjaulado y, al contrario de los demás perros, no agitaba la cola, ni ladraba, y eso llamó mi atención. Así que me acerqué a las rejas y me puse en cuclillas. Y desde un palmo me miró y giró el hocico en círculos, suavemente. Mientras ladeaba la cabeza sin dejar de mirarme. Era el movimiento más atractivo que había visto nunca, me imagino que mi mujer hubiera dicho sexy. Por lo visto, hasta un perro puede serlo.

Me lo llevé a casa por Navidad y en la barbacoa que solemos hacer por esas fechas, Paul comió muchas más chuletas que yo. Y se acostumbró al buen yantar y a la moqueta cómoda de casa en un santiamén. Evitaba el pienso que le puse en su cuenco y visitaba la despensa a todas horas. Mi mujer no se quejó, entre el sortilegio de su hocico y en que tampoco se meaba y se cagaba, se ganó la confianza antes que yo. La verdad es que tengo que decir que eso sí es una ventaja justa por su parte. Yo a veces llegaba a casa un poco perjudicado por eso de ahogar la pena de que todo el mundo me olvida. Hacía mis necesidades y regaba las plantas a la vez ,y mi familia me reprendía. Yo, avergonzado, bajaba la carita y me la tapaba con el dorso de la mano. Lanzaba mi hipo y eructos etílicos y me tocaba dormir en la caseta del perro.

Si te cagas como un perro, vive como un perro. Fíjate en Paul, siempre tan apuesto y tan limpio, más que un perro parece un caballo alado de estos de la mitología, ¡un Pegaso!”.

Y yo me iba con el rabo entre las piernas, mientras veía la cara de Paul de satisfacción. Su boca entreabierta, no jadeaba, solo mostraba su dentadura amistosamente, solo un poco, los colmillos únicamente los enseñaba para conseguir algún capricho, poniéndose un poco agresivo.

Cuando volvía por la mañana a desayunar a la cocina, Paul estaba ya sentado a la silla, terminándose unas tortitas, con mis gafas puestas y leyendo la prensa deportiva. Mi primera reacción fue de irritación. ¡Mis gafas son mías! Y de nuevo ese hocico, hizo que me tranquilizara. Quizá impulsado por una estrategia diplomática, dejó las gafas sobre la mesa y se fue con el periódico a otra parte. Solo había tregua los domingos, Paul también era del Atlético de Madrid. Y nos comíamos nuestros nachos con guacamole y vermús juntos. Incluso le compré el equipaje colchonero y lo vestía para los partidos. Pero después de los noventa minutos, Paul volvía a la normalidad. Era de los pocos momentos en los que yo disfrutaba de su compañía amistosa.

Algo así le ocurría a todo el mundo conmigo. Había un paréntesis en las relaciones en el que se encontraban muy cómodos, y es que tampoco soy tan insulso. Tengo algo de sangre en el cuerpo. Y el poco tiempo que sacaba mi lado más pasional la gente lo aprovechaba, y yo también. A mi mujer le pedí el matrimonio en uno de esos momentos, mis hijos fueron concebidos en uno de esos paréntesis llegados al clímax, y mi trabajo vino de un ataque de tetosterona después de nacer nuestro primer hijo y comer un chili muy picante. A veces ocurre que me siento pleno, que no necesito más. La pena es que necesito un empujoncito porque mis inseguridades no me dejan dar ese paso adelante. Pero cuando soy yo mismo, cosa que sucede en el intermitente cariño familiar, transmito a mi gente bienestar, me salva de llegar a esa situación de indiferencia que sentían mis compañeros de clase y ahora los de trabajo.

Pero, ¿puedo llamar a esos momentos, aunque sean tan efímeros, amor? ¿Cómo sabe uno que lo quieren? El trágico día de mi muerte me pregunté: “¿Cómo puedo saberlo ahora que estoy muerto?”. Tomé fuerzas del cielo -una persona como yo no puede ir a otro sitio- y un pequeño permiso de mi guía del paraíso y fui a mi propio velatorio. Pero antes tengo que contar el momento en el que todo cambió para siempre y llevara a mi inevitable destino.

Paul Newman no hacía más que dejar pelos sueltos por la casa, así que mi mujer se le ocurrió una idea muy creativa y práctica que coincidió con el límite de lo que un hombre puede aguantar. Pues solo faltaba que mi mujer recogiera esos pelos sueltos por la casa y los reuniera fabricando un peluquín de pelos blancos de perro. Apuesto a que su olor no recuerda al Paul Newman original. Justo la calvicie, uno de las pocas cosas por las que no tengo ningún complejo. Y es que puedo decir, al contrario que muchas otras cosas que, ser calvo no es culpa mía.

Mis ojos se iban a salir de las órbitas, me picaban de las lágrimas de rabia y empecé a hacer sonidos muy graves con la garganta. La cólera acumulada durante años se había convertido en una especie de monstruo que se hacía notar por primera y última vez. Le grité a mi mujer después de tanto tiempo que no me iba a poner ese maldito peluquín y menos con los pelos del perro. ¿A quién se le ocurre fabricar un peluquín con pelos de perro? Mi mujer me miraba asombrada con la boca y los ojos bien abiertos. Le expliqué lo que no me había atrevido nunca. Le acusé de engañarme con Paul Newman. Y entonces reaccionó con una carcajada que molestó a mis oídos -quizá por el volumen, pero también porque no soportaba que encima negara algo tan evidente-.


-”¿El perro? ¿Tienes celos del perro? No me lo puedo creer” -lo dijo con tal contundencia que por un momento la creí. Entonces me percaté que él estaba presente viendo toda la escena a pocos metros. Y por última vez hizo ese movimiento con el hocico en círculos, tan atractivo para mi mujer. Y ahora sé por qué hizo eso: veía bajar mi enfado y quiso realimentarlo. El momento para cerrar su conspiración había llegado.

-¡Asqueroso perro! ¡Tú eres el causante de todo esto! -grité furioso con la voz monstruosa. -Pero ya se acabó, te llevaré a la perrera.

-¡No seas ridículo, no te vas a llevar al perro de esta casa! Todos, incluso tú, lo queremos mucho. No puedo creer lo que estoy viendo -y negaba con la cabeza mirando al suelo.

De repende Paul Newman comenzó una carrera hacia mí y me dedicó un dolorido chavascazo en el gemelo en el que se clavaron los dientes. Cuando mi mujer corrió desesperada hacia mí y le dio con el periódico en el hocico, él me soltó. Pero ya era demasiado tarde. Estaba infectado por el virus de la rabia. Me quedé fuera de combate en el primer asalto. Mi mujer me llevó al sofá y me ayudó a tumbarme. Al disminuir mi enfado, ella empezó el suyo y me insultó durante un rato. Pero en los instantes siguientes, el virus de la rabia comenzaba a subirme poco a poco la fiebre.

Le pregunté a mi mujer si ella quería que fuera el perro de la familia y que si se había acostado con el Paul, y me respondió preocupada, diciendo que deliraba y que iba a llamar al hospital. Pero mi debilidad iba creciendo y mis palabras delirantes se iban apagando. Mi mujer me puso un paño húmedo en la frente para bajar la fiebre y me animaba diciéndome que la ambulancia llegaría en diez minutos. Empezaba a ver todo borroso, y me pareció, no sé si son imaginaciones mías, que el perro me miraba con cierta compasión y ojos llorosos. Quizá lo hacía porque se daba cuenta de que se quedaba sin compañero de fútbol para ver los partidos del Atlético de Madrid. Y también me pareció que mi mujer, preocupada, tenía lágrimas en los ojos. Y en ese instante me llevé la duda y la consternación al otro lado. Me seguía preguntando si era entonces una realidad todo ese sufrimiento. Más que nada porque seguía sin saber si los niños sentían algo por mí.

El ataúd era de caoba y tenía un gran Cristo dorado encima a media altura, de modo que mi rostro podía verse tras un cristal incorporado en la tapa. Estaban familiares lejanos, amigos de otras etapas de mi vida, mis dos ex-novias de la Universidad, mi jefe, mi único amigo auténtico y mi mujer e hijos. Incluso Paul se las había arreglado para entrar en la iglesia con su equipaje colchonero, y estaba escondido entre dos bancos. Todos tenían caras tristes, incluso aquellos conocidos que solo venían por el morbo de la muerte tenían la misma pose. Nunca se les permitió formar parte de nuestras vidas y como no tenían nada que hacer en sus casas más que acompañar en un funeral lo que nunca se les dejó hacer en vida. Y esta gente era la única que sobraba, pues daba el pésame a mi familia atosigándola. Mis pobres hijos no conocían a nadie, y no eran capaces de aguantarse las lágrimas. Sin embargo, sacaron fuerzas para hablar y ambos se levantaron para ir hacia el púlpito. Con la emoción del momento no he podido guardar todo en mi memoria, pero sí al menos lo necesario.

Habían preparado un escrito juntos, primero leyó el mayor, con grandes esfuerzos para mantener la compostura. Empezaron recordando los cuentos que les leía antes de irse dormir y que les aficionaron a la lectura; destacaron la facilidad que yo tenía para contar historias tristes con humor; y también que agradecían la educación que les había dado pese a pasar tan poco tiempo en casa, y que comprendían que el tiempo que me robaba el trabajo, no era culpa mía. Luego tomó el papel el pequeño y siguió leyendo. Dijo que lamentaba haber mostrado tanto enfado y no haber aprovechado el poco tiempo que habíamos pasado juntos. Se centraron en mis valores positivos, nada más, en lo que yo había dado.

Entonces empecé a sentirme lleno de amor, veía llena de orgullo a mi mujer viendo a nuestros hijos hacerme ese último homenaje (que no sabían que yo estaba disfrutando).

Ni siquiera sentía rencor hacia Paul -el detalle de vestirse del Atleti me parecía auténtico-. El espectro que era empezó a desaparecer en halos de luminosos colores y la cólera que había acumulado durante todo este tiempo se transmutó a un rosa chicle que me hizo reír y llenarme de una sensación de completa paz. Mi guía volvió y me llevó con él, allí donde puedo seguir cuidando de mi familia.

4 comentarios

  1. Casi siempre nos introducimos en nuestro mundo. Un mundo a veces equivoco, que no nos deja ver que no hace falta que nuestro perro menee la cola para sentirnos queridos, aunque tambien es cierto que apreciamos a nuestros seres cuando ya no están ¡como perdemos el tiempo!. Primero;disfrutemos de nuestro perro, sea como sea es así, auténtico y, segundo, dediquemos cada segundo de nuestra vida presente y de nuestras futuras vidas a apreciar todo lo que nos ocurra, los seres que pasen por ellas, perros, humanos y ALBATROS.
    Sigue siendo auténtico mi querido Albatros, no dejes de escribir porque es la mejor forma de expresar los sentimientos.
    Felicidades! TQM

    • Muchas gracias, yo también te quiero mucho. Escribir este relato me ha sentado genial.
      ¡Besos!

  2. Hey! Qué pasa men!!! Me ha gustado mucho este relato, patético como la vida misma. Espero leer muchos más.

    Un abrazo

  3. HOLA CARIÑO,COMO TE PROMETÍ DESDE QUE ME LEVANTÉ ME PUSE A LEER TU RELATO,ES ESTUPENDO,POR UN LADO LLENO DE DOLOR PERO POR EL OTRO LA ESPERANZA,ERES ESTUPENDO,SÓLO UN COMENTARIO,A VECES O CASI SIEMPRE NOS GUSTARÍA SER PERROS MÁS QUE PERSONAS.

    UN BESOTE MUY FUERTE;TE SEGUIRÉ MUY DE CERCA.

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