El asesino del Retiro.- Javier Díaz


EL ASESINO DEL RETIRO por Javier Díaz (Colaboración con el Albatros)

Un día soñé que asesinaba a un cliente. ¡Maldito asesino! Era ya tarde y la luz del sol se tornaba débil, dando la última oportunidad a los seres diurnos para buscar su alimento antes de que las alimañas nocturnas salieran de caza. Yo trabajaba en una caseta de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro. Aquel día el calor envolvía cualquier movimiento, como una manta caliente invisible que no dejaba resquicio para el paso de un aire ausente. Yo miraba el reloj y veía como las agujas se derretían y se pegaban a la esfera; por mi espalda hacían carreras las gotas de sudor, eso siempre me ponía de mal humor; me lamentaba en solitario y me preguntaba por qué me había tocado estar allí, cuando la mayoría de mis amigos trabajaban en oficinas con aire acondicionado, aire artificial, contaminado, sí, pero aire fresco. Es difícil respirar cuando apenas queda aire. En esas estaba, cavilando y retorciéndome como un pollo en un asador hasta que una sombra se acercó sigilosa, una serpiente entre la arena de una playa. La inquietud llenó la estancia, ya no se escuchaba sonido alguno, el planeta se quedó mudo, ni voces de niños ni cantos de aves, solo la sombra y yo.

Su voz surgió cavernosa, trémula, impulsada por un aliento infernal, mezcla de pimientos del piquillo y ajos crudos: “¿Tienen ustedes el último libro de Jiménez Losantos?”. En esos momentos mis músculos se tensaron, listos para el combate; el corazón bombeó sangre con urgencia a todas las arterias, repartió oxígeno en cada rincón, las venas se hinchaban, las pulsaciones se aceleraban, es él, pensé, he aguantado a muchos, tuve infinita paciencia pero amigo, te tocó el gordo de Navidad. Sin embargo, quise darle una oportunidad, ese guiño que el destino a veces nos pone delante de las narices y que no siempre sabemos ver: “Mire, somos una librería de viajes y solo trabajamos con libros de nuestra especialidad”. Ahí tuvo su opción, pero la valentía de los ignorantes desconoce los límites. “¿Y qué me quiere decir con eso?”, -insistió el energúmeno,- usted está aquí para servir a los clientes, además, deberían tener siempre algo de este autor aunque no sea de su especialidad; es de interés general”.

¿’Interés general’? Las palabras rebotaban dentro de mi cabeza, mi mente era una mesa de billar con bolas de colores que chocaban entre sí. Tardé un rato en reaccionar, asfixiado por la falta de oxígeno y la imbecilidad que flotaba en el ambiente. Caí en la cuenta de que, en todo ese proceso rutinario, evité el contacto visual con el recién llegado, pues estaba demasiado ocupado con el caos que invadía aquel microondas gigante. Levanté la vista hasta que mis ojos quedaron a la altura del roedor bípedo, pues de eso se trataba; era una rata, calva, con gafas oscuras y un bigotillo fino como un hilo de pescar. El individuo llevaba un traje de color crema, antiguo, arrugado, demasiado grande para un cuerpo huesudo y rechoncho, con la enseña de una orden militar incrustada en el ojal derecho de la chaqueta y un pañuelo azul con los bordes dorados que colgaba como una enredadera en el bolsillo superior izquierdo. Ese rostro desagradable, peleado con la belleza natural, lucía una mirada desafiante detrás de los cristales tintados. Mi cara de espanto debía de ser evidente pues acto seguido recibí una andanada más agresiva: “¡Qué cojones le pasa!, ¿¡por qué me mira así, tengo monos en la cara o qué!?”

Entonces ocurrió, las palabras salieron sin permiso de mi boca, ahora que recuerdo, dije hipnotizado: creo que tenemos un ejemplar en una caja detrás de la caseta; ayúdeme a buscarlo y se llevará la última venta del día, pronuncié convencido. El hombre me miró sorprendido, hubo un atisbo de duda en sus movimientos, como si el subconsciente le alertara desde las profundidades de los instintos humanos más primitivos. Pero se trata del libro que yo le he pedido, ¿no?, exclamó desconfiado; por supuesto, repuse, olvidé que a mi jefe le gusta este autor y de vez en cuando lo incluye en el catálogo. El discurso brotaba de forma automática, como si lo tuviera memorizado desde siempre. Así, el último dique del miedo cedió y la figura desapareció mientras caminaba hacia la parte trasera de la caseta.

Cuando escuché los pasos cerca de la puerta apagué la luz, la sombra habló: ¿hola?, está usted ah…no pudo terminar su frase, un golpe seco en la cabeza y un crujir de huesos, eso fue todo. Un cuerpo inerte en una posición retorcida yacía sobre la hierba. A esas horas, apenas quedaban visitantes y parece que nadie se percató de lo que había ocurrido. Miré aquella figura, sin pena ni angustia, como un animal que mira al horizonte después de comer.

Pensaba en cómo iba a cambiar todo. Primero intentaría disimular, adoptar una pose inocente; después algún policía perspicaz preguntaría de nuevo, el cerco se estrecharía, las pesadillas nocturnas, los pensamientos obsesivos, el comportamiento extraño, las ideas de suicidio, de locura, de despedida de un mundo que había construido con esfuerzo, una personalidad forjada con amistades, estudios y empleos diversos; luego el arresto, en plena calle, delante de los incrédulos vecinos, “era un chico muy normal”, dirían unos, “jamás causó problemas”, asegurarían otros, “qué vergüenza para su familia” pensarían muchos; y de ahí a los calabozos, el juicio y la cárcel donde conocería a otros seres humanos que no supieron mantenerse dentro de los márgenes de la normalidad, la paliza en la ducha, la sangre en los labios, el dolor en un camastro duro y el compañero de celda tatuado hasta el último centímetro de su maltrecha anatomía, con sus reflexiones sobre los peligros de la mujeres, las drogas y las malas compañías; su discurso de barrio, su filosofía callejera y así llegaría el acto final; no le gustas al capo, ese cabrón que controla los destinos de los condenados a galeras y una noche el compañero de celda se ausenta, te deja solo; alguien se encarga de dejar la puerta abierta y entonces, cuando todos duermen, algunos hombres entran, te sacan arrastras por el pasillo y con un fogonazo de literna muestran tu rostro aterrado ante el capo, el señor de las sentencias; el veredicto sale de un pulgar que gira hacia abajo, vuelta a los baños, para no manchar el suelo, para limpiar de forma rápida los restos humanos y así se acaba la historia, y no despiertas, ni estás en tu cuarto con fiebre, porque esto es real y tú ya no existes.

Una respuesta

  1. Genial. Me ha encantado, me ha entretenido y me ha hecho descojonar. Este infiltrado debería prodigarse más.
    Gracias Javier.

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