Extracto de “Pabellón de Oro”


Un día, durante una tregua que me dejaba el trabajo en el campo, detrás de la cocina, me divertía observando los manejos de una abeja entorno a la pequeña rueda amarilla de un crisantemo de verano. Atravesándo el océno de luz con la vibración de sus alas de oro, escogió entre mil una flor ante la cual se agitó un momento, perpleja. Yo intenté ver las cosas tal como ella debía verlas. El crisantemo desplegaba sus pétalos amarillos, clásicos, perfectos. Tenía la belleza y la perfección de un Pabellón de Oro; ¡pero no se transformaba en Pabellón de Oro! Seguía siendo lo mismo, una simple flor de crisantemo. Un creisantemo tomado en su conjunto definitivo, una flor y nada más, una forma vacía de toda sugestión metafísica. Respetando de este modo las leyes de la existencia, el crisantemo rebosaba seducción, mudado en la misma forma que el deseo de la abeja perdía. ¡Turbador misterio, verlo palpitar así, agazapado en su forma de objeto ofrecido a aquel deseo amorfo, alado, fluido, siempre en movimiento! Profesivamente fue perdiendo su densidad, pareció al borde de su desfallecimiento, y se agitó presa de estremecimientos y temblores. Se comprende, puesto que el crisantemo ha sido modelado para ajustarse estrechamente al deseo de la abeja, y su belleza se abre en previsión de este deseo. Y he aquí por su forma el instante de lanzarse a la vida y entregar en pleno día el secreto de su razón de ser. Pues ella es en verdad el molde donde se vierte la vida que se escapa y no tiene forma, al mismo tiempo que la huida alada de la vida informe es el molde donde se vierten todas las formas de este mundo… De este modo la abeja se arrojó a lo más profundo del corazón de la flor embadurnándose de polen, ahogándose en la embriaguez; y la flor que en su seno acogió al insecto se transformó a sí misma en amarilla abeja de suntuosa armadura, donde yo observaba frenéticos sobresaltos, como si ella echase a volar lejos de su tallo.

La luz, y aquello que se estaba consumando bajo la luz, me dieron casi vértigo. Luego, justo en el momento que dejé de mirar con los ojos de la abeja y recuperé mi mirada, descubrí que había estado completandola escena exactamente como lo había hecho, en otras circunstancias, con los ojos del Pabellón de Oro. Exactamente, sí. De la misma manera que podía cambiar mi visión pasando de la de la abeja a la mía, en los momentos en los que la vida venía a mí yo dejaba de ver con mis propios ojos para tomar los del Pabellón de Oro. Y era precisamente entonces cuando el Templo surgía entre la vida y yo.

Así pues, recuperada mi visión normal, en el inmeso universo de las cosas no quedó más que la abeja y el crisantemo remitidos, por así decirlo, “ a su sitio”. Entre el vuelo del insecto, las sacudidas de la flor y los estremecimientos de la brisa no había ya la menor diferencia. En el universo inmóvil y helado todas las cosas volvían a encontrarse al mismo nivel, y la forma de la cual había emanado poco antes un tan poderoso atractivo se desvaneció. De la flor ya no quedaba más que su belleza, pero con el vago nombre de “crisantemo”, es decir, con un simple convencionalismo. No siendo abeja ni crisantemo, ya no me sentía ni atraído por la flor ni deseado por el insecto. El afecto que yo había experimentado por todas las formas que revela el incesante flujo de la vida se había extinguido. El mundo había sido arrojado a la relatividad, solamente el tiempo se movía aún.

Sin querer extenderme demasiado, diré simplemente esto: cuando el Pabellón de Oro surgía en mediodel absoluto de su eternidad, y cuando yo no veía ya las cosas más que a través de él, el mundo se metamorfoseaba del modo que he dicho y, dentro de este mundo así transformado, sólo el Pabellón de Oro guardaba su forma, retenía la Belleza; el resto volvía al polvo. Desde que pisoteé el vientre de la prostituta en el jardín del templo, desde la muerte de Tsurukawa, yo no hacía más que plantearme la misma pregunta: “¿El mal es posible, después de todo?”.

Extracto de la obra de Yukio Mishima, El Pabellón de oro (p.154-156).

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