Los conversadores (Angeles Masttreta)


Yo vengo de un tiempo humano, cada vez más remoto, en el que conversar era el don, el privilegio y la costumbre más encomiable. No sé si ese tiempo tuvo un lugar o si a lo largo de los siglos estamos distribuidos, aquí y allá, los habitantes de su espacio. Creo más probable esta segunda opción, le creo porque he aprendido a reconocer de lejos a los miembros de esta especie de secta cada vez más exigua que podríamos llamar los conversadores. No hay necesidad de trámite, ni de credenciales ni de registros para ser un buen conversador.

La única seña está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados se vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan. Antes que nadar, comer, dormir o cualquier otro placer parecido, los conversadores prefieren intercambiar palabras.

Sólo los besos y sus prolongaciones son tan placenteros para un conversador como las palabras. Tal vez porque los besos están emparentados con las palabras, y el amor puede ser una conversación perfecta. De ahí que los conversadores tiendan a enamoradizos. Como tienden también a cantar cuando están solos o a colgarse del teléfono a propósito de casi cualquier cosa. El reloj es su enemigo más acérrimo y no lo pueden remediar, saludan desconocidos en el mercado o en la calle y tienden a dar consejos a quien no se los pide. Cuando sienten que el día no les rindió, que algo le falta al mundo para poder cerrarse sobre su almohada, se prenden de un libro o de una película de esas en que no importa lo que pase, con tal de que importe lo que se diga.
A los conversadores siempre les falta un poquito, nunca quieren que la gente se vaya de su lado y cuando su cónyuge les da la espalda para irse a otro lado con su soliloquio tienden a llamarlo con un “oye…” que es una especie de súplica, de no te vayas aún. Para entonces el otro ya se ha ido y grita desde lejos: “Estoy a veinte pasos. ¿Qué quieres? ¿Por qué esperas a que me vaya si vas a decir algo todavía?”
Frente a respuestas así un conversador puede hundirse minutos en un abismo oscuro del que sale de golpe como redimido por la idea de escuchar a Pavarotti cantando Parlami d`amore Mariú.
Los conversadores nos descubrimos hasta por teléfono. Yo sé de una mujer que en busca de una clase marcó un número equivocado y dió con una conversación en caída libre que empezó más o menos como sigue:
-¿Es ahí donde dan clases de gimnasia?- le dijo al hombre que levantó el auricular al otro lado de la línea.
-¿Usted quiere tomar clases de gimnasia?- le contestó la una voz de animal fino.
-¿Por qué me lo pregunta como si lo dudara?- dijo la mujer.
-Porque cuando uno quiere tomar clases de gimnasia marca el número del lugar donde dan clases de gimnasia.
– ¿Entonces no es ahí?
– ¿Donde damos clases de gimnasia? No. Pero, ¿usted por qué quiere tomar clases de gimnasia?
-Porque me están engordando las caderas.
-¿De verdad?
– Aunque usted no me lo crea.
– ¿De dónde saca que yo no sé lo creo?
-De que ustedes los hombres nunca nos creen a las mujeres cuando decimos que nos están engordando las caderas.
-Yo a las mujeres les creo todo lo que dicen.
– ¿Es usted gay?
-No, pero podría yo ser.
-Se atreve a decirlo. ¿De qué planeta viene?
-Del único que usted y todos los demás tenemos la fortuna y el infortunio de conocer.
-Es bonita la Tierra ¿verdad?
– Menos cuando se vuelve horrible.
– Sí. A veces se vuelve horrible.
– ¿A usted lo han asaltado?
– Todavía no. Pero ha de ser cosa de tiempo. Ya ve que últimamente el que no viene de un asalto va a un asalto. No se puede ni hablar de otra cosa.
-Hay quien habla de política- dijo la mujer.
– O de horrores. De lo que ya no habla mucho la gente es de amor. ¿No se ha fijado que hasta las telenovelas están abandonando el amor como tema central?
– No veo telenovelas- presumió la mujer.
-¿No ve telenovelas? ¿Cómo es que le han crecido las caderas?
-Me gusta demasiado lo dulce. Le pongo tres de azúcar al café. Me fascinan los tlacoyos de haba, las papas a la francesa, el pollo empanado, los gusanos de maguey, la leche sin descremar, los quesos fuertes, el pan del que me pongan enfrente.
-Son una delicia los panes y el azúcar.
– ¿Le parece? Dicen que esas cosas nos gustan más a las mujeres. ¿Está seguro de que no es gay?
-Nunca hay que estar seguro de eso. Hay ratos en que me comería a besos a un hombre. Aunque siguen siendo más frecuentes las veces en que me comería a besos a una mujer.
-¿Por qué es más fácil?
-Nada es fácil con ustedes las mujeres.
– Vendernos cosas es fácil.
– Viera que no. Se lo digo yo que soy vendedor.
– ¿Qué vende usted?
-Departamentos en condominio.
-De verdad. Yo me quisiera comprar uno.
-Tengo uno de ciento veinte mil dólares.
– Por eso le dije quisiera.
– ¿Cuánto tiene usted?
-Nada. Qué importa.
-Importa donde lo dice en ese tono.
– No me hable usted como mi papá.
– Que más quisiera yo que hablarle a una mujer como su papá.
-Pues usted habla como mi papá.
-Y usted habla idéntico a una novia que me quitó el sueño durante todos los años de carrera.
-¿Se casó con ella?
– No.
– ¿La extraña?
– Sí.
-Dice una amiga mía que el amor de nuestra vida siempre es con el que no nos casamos. Yo digo que es porque en lugar de pedir que nos callarámos se fue a otra parte para no oírnos. Siempre es más agradecible. ¿No cree?
-No sé bien qué creo.
– ¿Me cree si le cuento un prodigio? Mi vecino dió con una mujer de la que estuvo enamorado cuando tenía quince años y a la que aún no podía olvidar a los cuarenta.
-Ya sé. Y cuando la vió se preguntó cómo era posible que hubiera estado perdiendo su tiempo en recordar a alguien que estaba así de gorda y arrugada.
– No. Ahí es donde aparece el prodigio. La vio y todo en él la quiso con más fuerzas que nunca.
– Y cada uno fue con su pareja y le dijo: “encontré al amor de mi vida y ya me vo”..
– No. Tú si que has visto telenovelas. Cada uno se quedó casado con quien estaba casado. Sólo se encuentran cada mes en un hotel distinto.
– Eso es como de película francesa.
– Es mejor. Porque aquí hay sol y todo pasa más rápido.
– ¿Ni siquiera han tenido el mal gusto de poner un departamento?
– Ni eso.
– Con razón no vendo condominios. ¿Me hablaste de tú?
– Es que hablas como mi papá.
– ¿Cómo hablaba tu papá?
– Así- dijo mi amiga- con la seguridad de que todo lo importante ya estaba dicho. De modo que uno podía hablar sin tregua ni recato de todo lo trivial como si fuera muy importante. Me tengo que ir. Van a venir por mí.
-¿Cuál es tu teléfono?
– Uno que siempre está ocupado.
– ¿Lo podrías usar para volver a llamarme?
– No sé qué número marqué.
– El de la gimnasia.
– ¿No dijiste que ahí no dan clases de gimnasia?
– Ya no dan, pero dieron. Ahora estoy adaptando el lugar para que sea oficina.
– ¿Oficina para vender condominios?
-¿Qué quieres que haga? Estudié ingeniería y me gustaba la literatura. He tenido que acabar trabajando en algo más cercano a los sueños que a los cálculos. ¿Tú en qué trabajas?
– Otro día te digo.
– ¿Me llamarás?
– Cuando tenga para el condominio.
– Puedo buscarte uno a plazos.
– Quieres decir, de plazos hasta siempre. No me interesa.
– Tonta. No hay como las cosas a largo plazo.
– Adiós.
– Si me llamas mañana te cuento una historia- dijo el hombre con una sonrisa que ella casi pudo ver. Por supuesto, mi amiga quiso llamar. Ahora, se hablan a diario para contarse cosas entre las cinco y las seis de la tarde. No se han visto jamás, se conocen mejor uno al otro de lo que los conocen sus parejas, sus hijos, sus padres, su fantasía de sí mismos o su espejo.

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