Poesofema: Espejismos.

Deja esfumarse tus espejismos vampiros
En el laberinto de universos que navegan dibujando estelas circulares, giras alrededor de ti mismo.
Nada nace, nada muere, nada fue, nada será, en ti va ronroneando la eternidad.
La división es tan falaz como la unión, no hay fisuras en lo que existe.
Todo exulta en un instante único.
Los vientos pasan entre tus celulas.
El fuego arde en la palma de tus manos.
Llueves.
Recibes en tu seno a los diez mil ríos.
En tu corteza crecen plantas y ciudades.
A tu corazón llegan los latidos del cosmos.
Eres una explosión de luz dentro de un inconmensurable pozo negro.
Lo que hoy te parece importante, tiene poco valor.
Elimina las cosas pasajeras.
Alejandro Jodorowsky

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Recomendación. Cine.

Este blog, como saben, es de literatura, pero haré una excepción para recomendarles una película que me ha recordado a La vida es bella. Además, el director Vittorio de Sica es casi un tocayo. Milagro en Milán es una filme de 1951. Destaco: bien dirigida, buen ritmo de las carcajadas originales que saldrán generosamente de sus bocas, personajes entrañables incluso los supuestos malvados (esto es muy subjetivo, ya lo sé), pura poesía en blanco y negro. La pueden ver fácilmente en la red.

El asesino del Retiro.- Javier Díaz

EL ASESINO DEL RETIRO por Javier Díaz (Colaboración con el Albatros)

Un día soñé que asesinaba a un cliente. ¡Maldito asesino! Era ya tarde y la luz del sol se tornaba débil, dando la última oportunidad a los seres diurnos para buscar su alimento antes de que las alimañas nocturnas salieran de caza. Yo trabajaba en una caseta de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro. Aquel día el calor envolvía cualquier movimiento, como una manta caliente invisible que no dejaba resquicio para el paso de un aire ausente. Yo miraba el reloj y veía como las agujas se derretían y se pegaban a la esfera; por mi espalda hacían carreras las gotas de sudor, eso siempre me ponía de mal humor; me lamentaba en solitario y me preguntaba por qué me había tocado estar allí, cuando la mayoría de mis amigos trabajaban en oficinas con aire acondicionado, aire artificial, contaminado, sí, pero aire fresco. Es difícil respirar cuando apenas queda aire. En esas estaba, cavilando y retorciéndome como un pollo en un asador hasta que una sombra se acercó sigilosa, una serpiente entre la arena de una playa. La inquietud llenó la estancia, ya no se escuchaba sonido alguno, el planeta se quedó mudo, ni voces de niños ni cantos de aves, solo la sombra y yo.

Su voz surgió cavernosa, trémula, impulsada por un aliento infernal, mezcla de pimientos del piquillo y ajos crudos: “¿Tienen ustedes el último libro de Jiménez Losantos?”. En esos momentos mis músculos se tensaron, listos para el combate; el corazón bombeó sangre con urgencia a todas las arterias, repartió oxígeno en cada rincón, las venas se hinchaban, las pulsaciones se aceleraban, es él, pensé, he aguantado a muchos, tuve infinita paciencia pero amigo, te tocó el gordo de Navidad. Sin embargo, quise darle una oportunidad, ese guiño que el destino a veces nos pone delante de las narices y que no siempre sabemos ver: “Mire, somos una librería de viajes y solo trabajamos con libros de nuestra especialidad”. Ahí tuvo su opción, pero la valentía de los ignorantes desconoce los límites. “¿Y qué me quiere decir con eso?”, -insistió el energúmeno,- usted está aquí para servir a los clientes, además, deberían tener siempre algo de este autor aunque no sea de su especialidad; es de interés general”.

¿’Interés general’? Las palabras rebotaban dentro de mi cabeza, mi mente era una mesa de billar con bolas de colores que chocaban entre sí. Tardé un rato en reaccionar, asfixiado por la falta de oxígeno y la imbecilidad que flotaba en el ambiente. Caí en la cuenta de que, en todo ese proceso rutinario, evité el contacto visual con el recién llegado, pues estaba demasiado ocupado con el caos que invadía aquel microondas gigante. Levanté la vista hasta que mis ojos quedaron a la altura del roedor bípedo, pues de eso se trataba; era una rata, calva, con gafas oscuras y un bigotillo fino como un hilo de pescar. El individuo llevaba un traje de color crema, antiguo, arrugado, demasiado grande para un cuerpo huesudo y rechoncho, con la enseña de una orden militar incrustada en el ojal derecho de la chaqueta y un pañuelo azul con los bordes dorados que colgaba como una enredadera en el bolsillo superior izquierdo. Ese rostro desagradable, peleado con la belleza natural, lucía una mirada desafiante detrás de los cristales tintados. Mi cara de espanto debía de ser evidente pues acto seguido recibí una andanada más agresiva: “¡Qué cojones le pasa!, ¿¡por qué me mira así, tengo monos en la cara o qué!?”

Entonces ocurrió, las palabras salieron sin permiso de mi boca, ahora que recuerdo, dije hipnotizado: creo que tenemos un ejemplar en una caja detrás de la caseta; ayúdeme a buscarlo y se llevará la última venta del día, pronuncié convencido. El hombre me miró sorprendido, hubo un atisbo de duda en sus movimientos, como si el subconsciente le alertara desde las profundidades de los instintos humanos más primitivos. Pero se trata del libro que yo le he pedido, ¿no?, exclamó desconfiado; por supuesto, repuse, olvidé que a mi jefe le gusta este autor y de vez en cuando lo incluye en el catálogo. El discurso brotaba de forma automática, como si lo tuviera memorizado desde siempre. Así, el último dique del miedo cedió y la figura desapareció mientras caminaba hacia la parte trasera de la caseta.

Cuando escuché los pasos cerca de la puerta apagué la luz, la sombra habló: ¿hola?, está usted ah…no pudo terminar su frase, un golpe seco en la cabeza y un crujir de huesos, eso fue todo. Un cuerpo inerte en una posición retorcida yacía sobre la hierba. A esas horas, apenas quedaban visitantes y parece que nadie se percató de lo que había ocurrido. Miré aquella figura, sin pena ni angustia, como un animal que mira al horizonte después de comer.

Pensaba en cómo iba a cambiar todo. Primero intentaría disimular, adoptar una pose inocente; después algún policía perspicaz preguntaría de nuevo, el cerco se estrecharía, las pesadillas nocturnas, los pensamientos obsesivos, el comportamiento extraño, las ideas de suicidio, de locura, de despedida de un mundo que había construido con esfuerzo, una personalidad forjada con amistades, estudios y empleos diversos; luego el arresto, en plena calle, delante de los incrédulos vecinos, “era un chico muy normal”, dirían unos, “jamás causó problemas”, asegurarían otros, “qué vergüenza para su familia” pensarían muchos; y de ahí a los calabozos, el juicio y la cárcel donde conocería a otros seres humanos que no supieron mantenerse dentro de los márgenes de la normalidad, la paliza en la ducha, la sangre en los labios, el dolor en un camastro duro y el compañero de celda tatuado hasta el último centímetro de su maltrecha anatomía, con sus reflexiones sobre los peligros de la mujeres, las drogas y las malas compañías; su discurso de barrio, su filosofía callejera y así llegaría el acto final; no le gustas al capo, ese cabrón que controla los destinos de los condenados a galeras y una noche el compañero de celda se ausenta, te deja solo; alguien se encarga de dejar la puerta abierta y entonces, cuando todos duermen, algunos hombres entran, te sacan arrastras por el pasillo y con un fogonazo de literna muestran tu rostro aterrado ante el capo, el señor de las sentencias; el veredicto sale de un pulgar que gira hacia abajo, vuelta a los baños, para no manchar el suelo, para limpiar de forma rápida los restos humanos y así se acaba la historia, y no despiertas, ni estás en tu cuarto con fiebre, porque esto es real y tú ya no existes.

Tinta-letras-yonkies.- (Infiltrado)

Javier Díaz Murillo

Ando estos días sumergido entre las páginas de cuatro libros diferentes y sí, lo reconozco, siempre me puede la ansiedad, quiero leerlo todo; veo una portada o leo una crítica o una simple sinopsis y ¡zas!, caigo de forma irremediable presa del embrujo de las historias, de los sueños inalcanzables, de personajes a los que me gustaría parecerme o de paisajes que intuyo, ¡ay!, que jamás pisaré… No son las ganas de soñar ni de evadirme, es el ansia de conocer, esto sí que engancha.

El primero de los títulos, Firmin, de Sam Savage (Seix Barral. Barcelona, 2007) me acaba de dejar decenas de imágenes imborrables. Páginas repletas de originalidad, pues la perspectiva del protagonista gravita a nivel del suelo, en un mundo ratonil. Firmin es una rata que, por obra y gracia de la literatura, se vuelve inteligente y lo consigue leyendo libros. Este hecho, más que una ventaja, se convierte en una malicia del destino: su mente ya no encaja en el universo de las alcantarillas y tampoco puede acceder al nivel humano. Su coranzonzito, emocionado por las palabras, flota en un limbo de soledad donde la única compañía son sus propios pensamientos y las historias de la letra impresa. Es un relato de amor por la literatura, que rezuma ternura, humor y nostalgia a raudales. Un gran descubrimiento.

Otra de los obras degustadas a medias o en proceso de digestión es El club de los supervivientes, de Ben Sherwood (Paidós. Barcelona, 2010), sí, me va el morbo, qué pasa, las visiones apocalípticas y las olas gigantes me acojonan pero también me atraen. Qué se le va a hacer. Mis pesadillas recurrentes siempre incluyen un mar tenebroso, oscuro, con tsunamis a punto de devorar pueblos costeros indefensos en medio de una tormenta. Y este libro resulta idóneo para adoptar una buena actitud y aptitud frente a la adversidad. Cuenta, a través de investigaciones y testimonios de personas que sobrevivieron a los escenarios más terribles: accidentes de aviación, ataques de osos, desastres naturales, etc, por qué unos viven y otros mueren o cómo actuar de forma adecuada en medio del caos. Respuestas científicas, consejos, historias de superación increíbles… Imprescindible.

Historias de Nueva York e Historias de Londres (RBA), forman dos títulos del periodista Enric González, columnista habitual del diario El País. González escribe como los ángeles, con gracia, con ese estilo desenfadado que parece ligero, que fluye sin esfuerzo pero que deja poso y tiene profundidad de forma e ideas. Una delicia de la llamada literatura de viajes que apasionará a todos aquellos que pretendan darse un paseo por cualquiera de estas dos míticas ciudades: personajes escalofriantes (Jack el destripador), arquitectura (la competición de los rascacielos en Nueva York), deporte (el origen de equipos como el Chelsea o el Liverpool), y mucho más. Un viaje alucinante sin moverse del sillón y sin salir de la habitación. Barato, sustancioso y saludable para las neuronas, ¿existe una droga mejor?

Javier Díaz Murillo

Mi relato favorito de G.G.Márquez

El ahogado más hermoso del mundo

Gabriel García Márquez

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

Fueye (por Diego García Miranda)

Fueye es una historia de vidas cruzadas, talentos desperdiciados, padres defraudados, amores despreciados, oportunidades desechadas. Fueye es una historia de miedo y cobardía. De un talento, un amor y una vida arrojada al sumidero, arrinconados en la covacha inextinguibles de los arrepentimientos y remordimientos .

Quizás cuando el ejemplo paterno es heroico e intrépido, el joven ante la dificultad en emularlo, toma el camino opuesto para reafirmarse como individuo. Quizás el padre se desocupó demasiado y demasiado pronto del hijo y éste, no solo lo perdió como referencia sino que terminó odiando esa referencia, o simplemente es un asunto genético, o seguramente la eterna claudicación del talento y los sueños bajo el terrible peso de lo funcional, práctico y material.

Jorge Gonzalez no contesta preguntas solo exhibe como en un collage, la sucesión de acciones y decisiones que dan como resultado el recorrido del camino vital. Y advierte de la importancia de las motivaciones que conducen a las elecciones tomadas en los cruces de esa pedregosa senda.

Horacio posee un don en las manos cuando acaricia el piano, desde niño esta rodeado de música y músicos. La vida le propone caminos y él va eligiendo. Sus estímulos son la búsqueda de la comodidad material y medrar socialmente. Por otro lado, su padre fue un inmigrante italiano en argentina, activista anarquista, más ocupado durante su juventud en la imprenta clandestina que de la educación de su único hijo.

En la parte artística, un dibujo abocetado, oscuro y sucio, espléndido en su composición y estética. Predominan los grises y ocres con pequeños toques en blancos azulados. La sensación de boceto, de trabajo no concluido, se desvanece en una pocas páginas cuando nos vamos dando cuenta del exhaustivo estudio de lineas y color que el autor ha realizado.

Esta es una obra que respeta la inteligencia del lector y deja que construyamos en nuestra imaginación las historias que en sus páginas se sugiere. Inmigración, nostalgia y soledad, tango, mafia, amor, lucha de clases. Jorge Gonzalez esboza un país y unas vidas para que nosotros llenemos los espacios que quedan.


Fueye es una novela gráfica para disfrutar tanto de su contenido literario como de su armonía y belleza, en la que se nos advierte o recuerda que nuestro peor enemigo es el miedo o más bien, la falta de determinación para afrontarlo.

El peso de los secretos (Jonathan Acosta)

Era el sultanato de Ihbar tierra de jazmín y azahar, hogar de gentes de corazón puro, cofre de suntuosas riquezas y cuna de adelantados sabios, pero nada igualaba en fama a la belleza de su princesa Zoraida.

Solo había transcurrido una luna desde que el Sultán hizo saber que buscaba marido para su hija Zoraida y ya eran tantos como estrellas los príncipes que esperaban arrodillados, frente a las doradas puertas, la oportunidad de presentarse como pretendientes. Yo era uno de ellos.

Mi nombre es Ebn Samir y soy príncipe de las humildes tierras de Mirka. Antes era conocido por mi honestidad, prudencia, sabiduría y orgullo. Sin embargo, ahora estoy olvidado y aplastado por el peso que Alá puso sobre mis hombros. Le culpo por hacer al hombre de una materia corrompible, como la fruta o las flores que pudre el paso del tiempo.

No obstante, quiso el destino que aquel día en que el Sultán recibía a los pretendientes fuese mi discurso dulce y embriagador al alabar su reino, fuerte al ensalzar mi poder contra los enemigos, firme como el acero al mostrar mi alcurnia y mis principios, y sedoso y cálido al proclamar mi amor por Zoraida.

De esta manera fui yo el elegido entre príncipes de toda Persia, Arabia y muchos otros lugares del mundo para desposar a la más hermosa mujer que vieron y verán los tiempos. Tan ciego y sordo me dejaron aquellos ojos de agua y miel que no atendí a la advertencia del Sultán:

-Mi hija arrastra –dijo el Sultán- la maldición de un genio celoso y maligno. El que se desposare con Zoraida no deberá tener secretos para con ella, pues cada uno de ellos haría caer sobre las espaldas del marido el peso de una alforja cargada de plomo.

¡Ingenuo de mí! Me pareció cosa fácil no tener secretos para mi esposa. No sabía en mi juventud que no disfrutar de una cueva en la que escondernos a veces, incluso de nosotros mismos, podía ser una oscura y húmeda cárcel.

A pesar de ello, los primeros años fueron un oasis de éxtasis y felicidad. Ella era alegre como el amanecer, hermosa como el rojo sol de la tarde y apasionada como las noches de luna llena. Era mi luz a todas horas del día.

Años después tuve que viajar en cierta ocasión a Bagdad por motivo de negocios. Hube de cerrar un trato con un hombre que a mi llegada me ofreció la hospitalidad de su casa. Allí sacié mi hambre y mi sed con una cena en la que nada faltó. Después, mi anfitrión me deleitó con el baile de sus doncellas favoritas. Entre las bailarinas había una que no apartó su vista de mí en ningún momento. Sus ojos rasgados y los movimientos de su cuerpo, como los que hace una cobra atontando a su víctima, me embelesaron. Pronto me descubrí deseando fervientemente a aquella mujer. La prudencia me hizo recordar la maldición que sobre mí pesaba y mi amor por Zoraida. En ese momento, arruinando los negocios que tenía entre manos, me levanté presuroso abandonando la casa en que estaba invitado sin dar excusa alguna. Mi comportamiento fue un insulto para mi anfitrión, pero la única posibilidad de resistir aquella ardiente tentación que me corroía era marcharme inmediatamente de allí. Era un hombre importante y someterlo a tal desplante fue una mancha indeleble en mi reputación.

Al llegar a casa y ver los ojos de Zoraida sentí un peso sobre los hombros que hizo que me encorvara ligeramente. Apenas logré esconder mi sentimiento de culpa ante mi esposa. Pensé en confesarle mi falta, pero ella era extremadamente celosa y no hubiese perdonado una infidelidad aunque solo se hubiese producido con el pensamiento.

Tal como imaginé, poco después mis negocios se empantanaron y comenzó el marasmo. Mi bolsillo se resintió bastante, pero el orgullo me hizo ocultar mi suerte a Zoraida. Alá no había creado una mujer tan bella para estar con un hombre mediocre. Así que otra vez noté incrementarse el peso sobre los hombros. En esta ocasión fue imposible disimular y mi mujer me preguntó por qué andaba encorvado y dolorido.

-Este maldito caballo –contesté- me ha tirado al suelo y me he golpeado en la espalda.

Con esa respuesta Zoraida quedó convencida.

Pasado un tiempo perdí mi honestidad por unas sucias monedas de oro. La ruina se cernía sobre mí y para evitarlo me dediqué a actividades innobles con personas de baja ralea. Estuve vendiendo esclavos y también drogas, que alteran la conciencia de los hombres; engañé y fui desleal en los negocios para estar a la altura de lo que merecía Zoraida. Cubrí de fango los preciosos dones que mi Dios y mis padres me otorgaron: la honestidad, la prudencia, la sabiduría y el orgullo.

Al llegar a casa no tuve el valor de abrir mi corazón a Zoraida y decirle la verdad de lo que había estado haciendo con mis negocios en este último viaje. Así que, al ocultarle otra cosa, cayó sobre mis hombros un peso insoportable que me derribó. Caí al suelo sin poder levantarme y enfermé gravemente. Los mejores médicos no eran capaces de encontrar la razón de mis dolencias. Zoraida mandó llamar a un sabio judío experto en detectar males oscuros. Tras observarme con detenimiento nos explicó que sobre mis hombros recaía un peso invisible que aplastaba mis huesos y mis pulmones. Zoraida, al oír aquello, entendió el origen de mi enfermedad y lloró durante días sintiéndose traicionada.

-Esposo mío –me dijo un día- : ya sé que el peso de los secretos que te empeñas en ocultarme es lo que te está oprimiendo y llegará a matarte. Confiésalos pues y libérate de esa carga que destroza tu vida. No obstante, debes saber que jamás podré estar con un hombre que no sea íntegro y honrado. No hay solución: salva tu vida y pierde a una esposa.

Ahora, cuando el peso de los secretos apaga mi vida y la vergüenza va cerrando mis ojos, empuño con fuerza mi orgullo, que rara vez abandona nuestros corazones, y sonriendo mientras hago un guiño a Zoraida pronuncio mis últimas palabras:

-Ha sido ese maldito caballo, que me ha vuelto a tirar. Necesita un jinete más hábil.

FIN