Un cuento tradicional versus un cuento contemporáneo.

Hola a todos,

Me gustaría que participaran dejando un comentario de opinión acerca de los cuentos que abajo expongo. El tema es el paso del cuento tradicional al contemporáneo.

Gracias

Víctor Javier

 

El diccionario mágico

Un viajero que caminaba por el bosque se encontró con un demonio.

-Te voy a hacer una propuesta que no vas a poder rechazar -el viajero sintió curiosidad a la vez que desconfianza y dejó que continuara hablando.


-Te prometo realizar los tres sueños que quieras.

-¿Y qué es lo que he de hacer yo?

-¡Nada, absolutamente nada! Salvo dejar que me lleve tu alma en este saco. Es todo un negocio, ¿verdad? ¿A quién le interesa el alma? No sirve para nada.

-¿Dices que me concedes realizar tres sueños y que no tengo que hacer nada?

-Eso es. Yo te daré este diccionario que tengo aquí, lo cogerás con las manos y, con toda la atención, buscarás tu sueño con una palabra. Y leerás su definición mágica. Así de fácil. Y al finalizar los tres sueños te haré el favor de deshacerte de tu alma, ya que te es inútil.

-Entonces todo el poder está en el diccionario, ¿verdad?

-Adivinas bien. ¿Te decides a ir por tus sueños o no?

-Muy bien, acepto.

El viajero tomó el diccionario mágico en las manos buscó por la letra /p/: “Pluma (literatura). Su escritura transforma la pobreza en riqueza”. Apareció de inmediato una pluma azul, la más bonita que había visto. El demonio observaba todo esto y empezaba a divertirse. Buscó por la letra /c/ y leyó: “Caballo. El viajero se mueve por la tierra con fuerza, destreza y astucia”. Y su palabra se hizo carne en el caballo más imponente que había visto.

 

-¡Con este caballo podrás galopar por cualquiera de los lares que te plazca! -dijo el demonio.

 

El viajero buscó por la letra /d/ y leyó: “Diccionario. Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad. El presente diccionario es una excepción y le dará la dicha a quien use sus palabras correctamente”. El demonio miraba alrededor buscando el diccionario, pero no se materializaba por ninguna parte. Cuando el demonio se dio cuenta, ya era demasiado tarde. El viajero ya se había montado en su caballo llevándose consigo el diccionario del demonio y, como gran escritor en el que se convirtió, dejó escrito este cuento para la posteridad.

Víctor Javier Moreno

 

Sin miedo al demonio

Años después, el viajero buscó al demonio y le dijo:

-Si quieres mi alma, ya puedes encontrarla en estás páginas.

Le devolvió el diccionario robado y que ya, tras tanto desear y soñar, no necesitaba. Y antes de regresar de donde había venido, dijo:

-Ya sé que el alma no existe, pero hay que actuar como si existiera.

Víctor Javier Moreno

 

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Relato cómico (I) de Víctor Javier Moreno

Conspiración perruna

por Víctor Javier Moreno


¿Cómo sabe uno si lo quieren? Cuando estuve vivo, nunca fui demasiado popular, y eso me creó un complejo que combatía con mucho esmero y pocos logros. Con la familia, y esto es lo que más me duele, si yo iniciaba la conversación, ni mis hijos ni mi mujer sentían la necesidad de articular palabra, más allá de los comentarios esclusivamente domésticos, e incluso el perro dedicaba algunos ladridos poco amigables. En el trabajo, si tenía que quedarme hasta tarde, cerraban y apagaban las luces conmigo dentro. No es que se olvidaran de mí, sino que, a veces no prestaban atención si ese día había venido el tipo calvo de la mesa del fondo, “el encargado de nosequé”, algo así me llamaban en cuchicheos. Me había puesto ahí mi jefe que, llevando puesto aún el pijama de rayas debajo de la cazadora y las pantuflas, tuvo que venir en repetidas ocasiones a liberarme de mi cautiverio. Hasta que se cansó.

La última vez no acudió en respuesta a mi llamada, me quedé esperando hasta que abrieron la oficina a primera hora. Mi jefe entró directo al baño y cuando salió me felicitó por mi puntualidad. Me pareció que no se acordaba de que lo había llamado la noche anterior solicitando ayuda. Sin embargo, preferí que lo hubiera hecho adrede porque el rechazo se puede encajar, pero la indiferencia hiere profundamente, y sin pretendérselo siquiera. O dicho de otra manera, cuando un conocido te desprecia, si realmente te desprecia, eso significa que primero te apreció.

Cuando se lo conté a mi mejor amigo, no me creyó. Pensó que sólo quería llamar la atención reinventando mi vida para hacerla más interesante. “No exageres, tu vida no está tan mal. Pero tranquilo, conmigo no hace falta que mientas que para eso estamos los amigos. ¡Suéltalo!”. E hice lo propio. Eché toda la papilla. Lo peor de todo es que, desde que soy un hombre adulto, hacía todo lo posible por no mentir. No quería que me creyeran ni que me escucharan todos, me bastaba con una sola persona en el mundo. Pensaba que para llamar la atención, una enfermedad mortal -contraída consciente o inconscientemente- hubiera sido la solución. De pequeño me dí cuenta de que la vez en la que mi madre más me quiso fue al partirme la tibia y el peroné. ¡Qué momentos aquellos de ambivalencia! Postrado en cama y con la escayola sin firmar, blanca de soledad. Me cuidó con purés, brócolis, puerros y apios. Todas esas verduras que los niños detestan tuvieron para mí el mismo sabor destestable que cualquier niño, pero me repetía a mí mismo que eso era porque me quería y para que me recuperara cuanto antes. Partirse un hueso no es contagioso, pero mi madre era simplemente la prudencia personalizada, y la varicela la pasé en el trastero. Así que estoy convencido de que algo me quiso mi madre.

Pero entonces, poco antes de morir, cuando pensé que mi vida no podría ser más surrealista, mi suerte cambió. Nunca le caí bien al perro -y eso que fui yo quien le sacó de la perrera-, es más, siempre sospeché que pretendía a mi mujer. Por esa razón no me extranaría que, con su mordedura, entrara en sus planes transmitirme la rabia. Justo el domingo, el único día que pasaba algo de tiempo con mi familia, aunque solo fuera estar con ellos sin decir ni mu. Y como yo soy un pobre ingenuo nunca se me pasó por la cabeza que fuera un hijo de perra. Aunque ya no me sirve de nada, tengo un poquito más de mala idea y me sirve para atar los cabos de la conspiración perruna.

Antes que nada tengo que describirles cómo es el conspirador en cuestión. El perro se llama Paul Newman. Y no, no fue cosa de los niños, como pensé en un primer momento, sino idea de mi mujer. Pero evidentemente, no iba a sospechar nada a esas alturas. Se trata de un samoyedo, una bola de pelos blanca, de complexión fuerte -el perro de trineo capaz de arrastrar todos los regalos de los niños si Papá Nöel decidiera jubilar a los renos-, y con un hocico sibilino e hipnótico. El día que lo saqué de la perrera, Paul estaba enjaulado y, al contrario de los demás perros, no agitaba la cola, ni ladraba, y eso llamó mi atención. Así que me acerqué a las rejas y me puse en cuclillas. Y desde un palmo me miró y giró el hocico en círculos, suavemente. Mientras ladeaba la cabeza sin dejar de mirarme. Era el movimiento más atractivo que había visto nunca, me imagino que mi mujer hubiera dicho sexy. Por lo visto, hasta un perro puede serlo.

Me lo llevé a casa por Navidad y en la barbacoa que solemos hacer por esas fechas, Paul comió muchas más chuletas que yo. Y se acostumbró al buen yantar y a la moqueta cómoda de casa en un santiamén. Evitaba el pienso que le puse en su cuenco y visitaba la despensa a todas horas. Mi mujer no se quejó, entre el sortilegio de su hocico y en que tampoco se meaba y se cagaba, se ganó la confianza antes que yo. La verdad es que tengo que decir que eso sí es una ventaja justa por su parte. Yo a veces llegaba a casa un poco perjudicado por eso de ahogar la pena de que todo el mundo me olvida. Hacía mis necesidades y regaba las plantas a la vez ,y mi familia me reprendía. Yo, avergonzado, bajaba la carita y me la tapaba con el dorso de la mano. Lanzaba mi hipo y eructos etílicos y me tocaba dormir en la caseta del perro.

Si te cagas como un perro, vive como un perro. Fíjate en Paul, siempre tan apuesto y tan limpio, más que un perro parece un caballo alado de estos de la mitología, ¡un Pegaso!”.

Y yo me iba con el rabo entre las piernas, mientras veía la cara de Paul de satisfacción. Su boca entreabierta, no jadeaba, solo mostraba su dentadura amistosamente, solo un poco, los colmillos únicamente los enseñaba para conseguir algún capricho, poniéndose un poco agresivo.

Cuando volvía por la mañana a desayunar a la cocina, Paul estaba ya sentado a la silla, terminándose unas tortitas, con mis gafas puestas y leyendo la prensa deportiva. Mi primera reacción fue de irritación. ¡Mis gafas son mías! Y de nuevo ese hocico, hizo que me tranquilizara. Quizá impulsado por una estrategia diplomática, dejó las gafas sobre la mesa y se fue con el periódico a otra parte. Solo había tregua los domingos, Paul también era del Atlético de Madrid. Y nos comíamos nuestros nachos con guacamole y vermús juntos. Incluso le compré el equipaje colchonero y lo vestía para los partidos. Pero después de los noventa minutos, Paul volvía a la normalidad. Era de los pocos momentos en los que yo disfrutaba de su compañía amistosa.

Algo así le ocurría a todo el mundo conmigo. Había un paréntesis en las relaciones en el que se encontraban muy cómodos, y es que tampoco soy tan insulso. Tengo algo de sangre en el cuerpo. Y el poco tiempo que sacaba mi lado más pasional la gente lo aprovechaba, y yo también. A mi mujer le pedí el matrimonio en uno de esos momentos, mis hijos fueron concebidos en uno de esos paréntesis llegados al clímax, y mi trabajo vino de un ataque de tetosterona después de nacer nuestro primer hijo y comer un chili muy picante. A veces ocurre que me siento pleno, que no necesito más. La pena es que necesito un empujoncito porque mis inseguridades no me dejan dar ese paso adelante. Pero cuando soy yo mismo, cosa que sucede en el intermitente cariño familiar, transmito a mi gente bienestar, me salva de llegar a esa situación de indiferencia que sentían mis compañeros de clase y ahora los de trabajo.

Pero, ¿puedo llamar a esos momentos, aunque sean tan efímeros, amor? ¿Cómo sabe uno que lo quieren? El trágico día de mi muerte me pregunté: “¿Cómo puedo saberlo ahora que estoy muerto?”. Tomé fuerzas del cielo -una persona como yo no puede ir a otro sitio- y un pequeño permiso de mi guía del paraíso y fui a mi propio velatorio. Pero antes tengo que contar el momento en el que todo cambió para siempre y llevara a mi inevitable destino.

Paul Newman no hacía más que dejar pelos sueltos por la casa, así que mi mujer se le ocurrió una idea muy creativa y práctica que coincidió con el límite de lo que un hombre puede aguantar. Pues solo faltaba que mi mujer recogiera esos pelos sueltos por la casa y los reuniera fabricando un peluquín de pelos blancos de perro. Apuesto a que su olor no recuerda al Paul Newman original. Justo la calvicie, uno de las pocas cosas por las que no tengo ningún complejo. Y es que puedo decir, al contrario que muchas otras cosas que, ser calvo no es culpa mía.

Mis ojos se iban a salir de las órbitas, me picaban de las lágrimas de rabia y empecé a hacer sonidos muy graves con la garganta. La cólera acumulada durante años se había convertido en una especie de monstruo que se hacía notar por primera y última vez. Le grité a mi mujer después de tanto tiempo que no me iba a poner ese maldito peluquín y menos con los pelos del perro. ¿A quién se le ocurre fabricar un peluquín con pelos de perro? Mi mujer me miraba asombrada con la boca y los ojos bien abiertos. Le expliqué lo que no me había atrevido nunca. Le acusé de engañarme con Paul Newman. Y entonces reaccionó con una carcajada que molestó a mis oídos -quizá por el volumen, pero también porque no soportaba que encima negara algo tan evidente-.


-”¿El perro? ¿Tienes celos del perro? No me lo puedo creer” -lo dijo con tal contundencia que por un momento la creí. Entonces me percaté que él estaba presente viendo toda la escena a pocos metros. Y por última vez hizo ese movimiento con el hocico en círculos, tan atractivo para mi mujer. Y ahora sé por qué hizo eso: veía bajar mi enfado y quiso realimentarlo. El momento para cerrar su conspiración había llegado.

-¡Asqueroso perro! ¡Tú eres el causante de todo esto! -grité furioso con la voz monstruosa. -Pero ya se acabó, te llevaré a la perrera.

-¡No seas ridículo, no te vas a llevar al perro de esta casa! Todos, incluso tú, lo queremos mucho. No puedo creer lo que estoy viendo -y negaba con la cabeza mirando al suelo.

De repende Paul Newman comenzó una carrera hacia mí y me dedicó un dolorido chavascazo en el gemelo en el que se clavaron los dientes. Cuando mi mujer corrió desesperada hacia mí y le dio con el periódico en el hocico, él me soltó. Pero ya era demasiado tarde. Estaba infectado por el virus de la rabia. Me quedé fuera de combate en el primer asalto. Mi mujer me llevó al sofá y me ayudó a tumbarme. Al disminuir mi enfado, ella empezó el suyo y me insultó durante un rato. Pero en los instantes siguientes, el virus de la rabia comenzaba a subirme poco a poco la fiebre.

Le pregunté a mi mujer si ella quería que fuera el perro de la familia y que si se había acostado con el Paul, y me respondió preocupada, diciendo que deliraba y que iba a llamar al hospital. Pero mi debilidad iba creciendo y mis palabras delirantes se iban apagando. Mi mujer me puso un paño húmedo en la frente para bajar la fiebre y me animaba diciéndome que la ambulancia llegaría en diez minutos. Empezaba a ver todo borroso, y me pareció, no sé si son imaginaciones mías, que el perro me miraba con cierta compasión y ojos llorosos. Quizá lo hacía porque se daba cuenta de que se quedaba sin compañero de fútbol para ver los partidos del Atlético de Madrid. Y también me pareció que mi mujer, preocupada, tenía lágrimas en los ojos. Y en ese instante me llevé la duda y la consternación al otro lado. Me seguía preguntando si era entonces una realidad todo ese sufrimiento. Más que nada porque seguía sin saber si los niños sentían algo por mí.

El ataúd era de caoba y tenía un gran Cristo dorado encima a media altura, de modo que mi rostro podía verse tras un cristal incorporado en la tapa. Estaban familiares lejanos, amigos de otras etapas de mi vida, mis dos ex-novias de la Universidad, mi jefe, mi único amigo auténtico y mi mujer e hijos. Incluso Paul se las había arreglado para entrar en la iglesia con su equipaje colchonero, y estaba escondido entre dos bancos. Todos tenían caras tristes, incluso aquellos conocidos que solo venían por el morbo de la muerte tenían la misma pose. Nunca se les permitió formar parte de nuestras vidas y como no tenían nada que hacer en sus casas más que acompañar en un funeral lo que nunca se les dejó hacer en vida. Y esta gente era la única que sobraba, pues daba el pésame a mi familia atosigándola. Mis pobres hijos no conocían a nadie, y no eran capaces de aguantarse las lágrimas. Sin embargo, sacaron fuerzas para hablar y ambos se levantaron para ir hacia el púlpito. Con la emoción del momento no he podido guardar todo en mi memoria, pero sí al menos lo necesario.

Habían preparado un escrito juntos, primero leyó el mayor, con grandes esfuerzos para mantener la compostura. Empezaron recordando los cuentos que les leía antes de irse dormir y que les aficionaron a la lectura; destacaron la facilidad que yo tenía para contar historias tristes con humor; y también que agradecían la educación que les había dado pese a pasar tan poco tiempo en casa, y que comprendían que el tiempo que me robaba el trabajo, no era culpa mía. Luego tomó el papel el pequeño y siguió leyendo. Dijo que lamentaba haber mostrado tanto enfado y no haber aprovechado el poco tiempo que habíamos pasado juntos. Se centraron en mis valores positivos, nada más, en lo que yo había dado.

Entonces empecé a sentirme lleno de amor, veía llena de orgullo a mi mujer viendo a nuestros hijos hacerme ese último homenaje (que no sabían que yo estaba disfrutando).

Ni siquiera sentía rencor hacia Paul -el detalle de vestirse del Atleti me parecía auténtico-. El espectro que era empezó a desaparecer en halos de luminosos colores y la cólera que había acumulado durante todo este tiempo se transmutó a un rosa chicle que me hizo reír y llenarme de una sensación de completa paz. Mi guía volvió y me llevó con él, allí donde puedo seguir cuidando de mi familia.

No leas a Platón (por Víctor Javier Moreno)

Ahora voy sentado en un vagón de metro y me he puesto a describir la belleza vestida de mujer con una preciosa melena larga y rubia que huele a rosas con grandes espinas. Está a mi lado y la rozo con el codo, delicadamente, al escribir, como si pintara colores nuevos que brotaran desde mi ser a su cuerpo. Quizá mi suerte empiece a cambiar o, al contrario, termine en tragedia. Aunque la belleza no entiende de extremos, se encuentra al final de la razón. Y como decía Picasso, el pintor del cubismo: “Yo no busco, encuentro”. No tengo su genio, pero me mantengo alerta en la inmediatez. Imposible capturarla con el pensamiento. O uno decide devorar la belleza para apropiársela, o es devorado por su presencia, inalcanzable por los deseos mundanos.

 

Ella ha entrado en el metro sin separar los ojos de El banquete de Platón. La belleza está ciega porque se busca a sí misma. Ojalá leyera esto y no ese libro. Suelto un poco más el codo y la rozo con menos disimulo. Ella sube la mirada y, por primera vez, gira el cuello y sé que me está mirando. ¿Quién soy yo en los ojos de la belleza? ¿Está viendo la belleza de este pesimista trágico, pero sin tragedia aún, pues el abandono todavía no sabe si quedarse en este tren. Última parada: Esperanza. La próxima: Lista. Hay que ser un vivo y llevar un ritmo, una métrica en la que suben y bajan pasajeros y una incertudumbre de que la belleza salga del tren de metro. Entonces mi abandono se encuentra suspendido en una línea entre múltiples paradas desconocidas que lo hacen medroso. Tiene miedo de lo desconocido y de todos los hombres porque aún no se ha descubierto a sí mismo.

 

Toso, carraspeo un poco, a la vez que le doy un ligero codazo, la miro con el rabillo del ojo, con una sonrisa de soslayo, y le señalo con el bolígrafo lo que acabo de escribir. Y la belleza lee:

 

-Tu belleza no la tienes aquí contigo, no la busques leyendo a Platón -ella se sorprende y me mira a los ojos devolviéndome la sonrisa. Toma mi bolígrafo y empezamos a conversar silenciosamente en mi bloc.

-Mi belleza es una copia de la idea universal. Y además, una copia de una copia.

-Si es así, es claro que cada vez que se repite, sale mejor, porque eres una belleza sin igual -vuelve a sonreír y atino a ver cierta vanidad al ver cómo agita orgullosa su melena rubia.

-No soy tan hermosa.

-Me he dado cuenta que no usas muy a menudo tus espejos. Créetelo. Creer es crear, y eso no se puede copiar.

-Ah, conque ¿eres filósofo?

-Y tú la poesía -el metro acaba de llegar a una estación y bajan y suben viajeros.

-Yo me bajo en la próxima. ¿Tú en qué estación te bajas?

-En la última: Esperanza.

-Así me llamo yo. Esperanza.

-Bien, porque me gustaría llamarte.

 

Vuelve a cogerme el bolígrafo y escribe su número de teléfono, firmando con un beso que estampa el carmín rojo. Después el tren reduce la velocidad, ella se levanta y camina desbordante en sus andares de mujer. Ya desde la puerta la escucho pronunciar su voz. Me dice: “Llámame”, mientras los dedos pulgar y meñique hacen de teléfono. Cuando sale del vagón, me quedo mirándola hasta que, el tren en marcha, desaparece en el túnel, y sólo queda su olor mezclado con el de mi chaqueta.

In vino veritas

Al salir de Plassans, a la derecha de la carretera de Niza, se encuentra el siniestro ejido de San Mittre. Es un rectángulo de cierta extensión que, a la derecha, es bordeado por una hilera de casuchas; a la izquierda y al fondo, lo cierran dos muros roídos por el musgo que dan a una gran finca. Así cerrado por tres lados, el ejido es como un plaza que no lleva a ninguna parte y que sólo cruzan los paseantes.


Pese a mis años, guardo con todo detalle en mi memoria, la imagen del cementerio que antes ocupaba ese lugar, ya en tiempos anteriores a Napoleón III. Estaba bajo la protección de San Mittre, un santo provenzal muy honrado en la comarca. El terreno se hartaba de cadáveres por lo que abrieron otro sacramental al otro extremo de la ciudad. Pero la muerte seguía habitándolo. Abandonado, el viejo cementerio se había cubierto de una vegetación negra y espesa. Su suelo era una alfombra verde oscura salpicada de flores anchas y de un húmedo y singular esplendor.

Fue entonces cuando la ciudad pensó en sacar partido de la propiedad comunal. Pensaron que podrían plantar cepas de vid para fabricar vino y venderlo a otros arrabales lejanos. Arrancaron las malas hierbas y después se trasladó el cementerio. Excavamos hasta que conseguimos que la tierra vomitara los restos. Un carro transportó, durante una larga semana, despojos humanos que se iban diseminando por el pavimento mal nivelado, cruzando Plassans de punta a punta. Los niños despertaron de su quietud y se pusieron contentos y jugaron a los bolos con las calaveras; otros no tan niños colgaron fémures y tibias a las campanillas de la ciudad, dejando las callejuelas llenas de sombras agigantadas con los restos de los antepasados de Plassans.

La ciudad, demasiado abúlica para comenzar tan ardua empresa, encomendó la tarea de hacer prosperar el negocio del vino a los hermanos Pelloutier que tenían fama de comerciantes honrados. Ellos quisieron mantener en secreto los antecedentes del terreno para que no cayera una maldición sobre la uva. Los hermanos asignaron a otros amigos de Plassens, a mí entre ellos, la tarea de almacenar el vino en barricas de roble. Y tal era nuestro esmero que daba igual que hora fuera, incluso de madrugada, el vino siempre estaba acompañado por alguno de nosotros, ya fuera por los hermanos Pelloutier o por alguno de nosotros. Tardaron dos años en darse cuenta de que de la vid, a pesar de ser una parra joven e inmadura, manaba un sabor único. Tres años más pasaron hasta que se confirmaron nuestras sospechas. Se sabe que las uvas del sur de Francia no son ni muy dulces ni muy ácidas o secas, pero parecía que éstas del ejido de San Mittre rozaban la perfección. Separaron el terreno: una parte para los vinos más jóvenes y otra para la Gran Reserva.

La ciudad entera estaba contenta de poseer un elixir semejante, aunque no podían evitar sentir un profundo asco por ese vino deliciosamente diabólico. Pero había algo más que el propio vino, porque lo que realmente llenaba de gozo era el regocijo de mantener el secreto.

Entonces empecé a darme cuenta de que la ciudad comenzaba a cobrar vida: la gente cogió gusto a hablar en doble sentido, jugando con las palabras; también se les avispó la mirada, intentando desentrañar con suspicacia algún incauto que traicionara el secreto de San Mittre. Los artesanos enlazaron unas cuerdas a los árboles convirtiéndolas en varios columpios y los niños se mecieron animados. Un carpintero y un tallista construyeron, en su honor, una estatua de Baco saboreando una copa de vino. La madera se colocó en la puerta de la bodega y el atractivo fue tan conseguido que las mujeres quedaron prendadas como un flechazo embriagador. Los hombres no se pusieron celosos, llegaban a la bodega y les hechizaba el olor de ese vino del demonio y lo achacaban al dios. Pero todos, absolutamente todos, venían a escondidas a pedir su trago, muy de vez en cuando. Y nosotros guardábamos el secreto de su reservado asco.

Mientras, el vino edificaba su fama, boca a boca, como si poseyera espectros a su servicio para arengar sus cualidades sugerentes. Jamás hubo mejor vino joven en las posadas, pero pronto hasta éste pasó a ser adquirido por la nobleza. En el primer año, la riqueza del pueblo se vio multiplicada por tres. Los hermanos Pelloutier estaban tan pendientes de disfrutar con la creación y cuidado de la vid y de mejorar las añadas, que se sentían privilegiados y agradecidos al pueblo y se mantuvieron incorruptibles ante las tentaciones de algunos habitantes de Plassens y siguieron respetando la parte correspondiente de cada uno. Pero poco más pudo San Mittre hacer por nosotros.

Un marqués de Niza quiso hacerle un regalo a Napoleón III y se presentó ante él con un Gran Reserva del ejido de San Mittre. Llegaron unos soldados a Plassens dirigidos por el teniente Rian con tres carros vacíos dispuestos a llevarse todo el vino y con una orden del Emperador que obligaba al mantenimiento del viñedo a su servicio. -“Nuestro Emperador sabe que este elixir sólo puede ser de emperadores y exige lo que es suyo por naturaleza”, dijo el teniente Rian. – “La etiqueta -prosiguió- tendrá que cambiar y decir lo que dice en esta carta que le entrego en su nombre. Ya no se llamará ‘El ejido de San Mittre’, sino ‘Emperador Napoleón III’”. Ordenó que le sirvieran una copa y le sorprendió su sabor extraordinario, pude ver cómo se dilataban sus pupilas y se le caía la mandíbula en éxtasis.

Todo Plassens observó cómo cruzaban la ciudad con esos tres carros cargados con todas las botellas y se iban colocando detrás, como en un funeral de alguien muy querido por todos. Los soldados empezaron a ponerse nerviosos al ver que todos se iban incorporando a su paso con las caras largas, tocando los carros y despidiéndose para sus adentros. Aligeraron el paso y el pavimento mal nivelado meneaba las botellas hasta que una cayó al suelo, rompiéndose y derramando todo el líquido. Su fragancia hizo que muchos se quedaran oliendo el vino. Y vieron a lo lejos cómo los carros torcían a la derecha por la carretera que va a Niza. En Plassans se quedó solamente el secreto del antiguo cementerio y un sentimiento de desdicha. Cuando vuelven los soldados, el pueblo cierra las ventanas para no ver llevarse las botellas de vino.

El pueblo se quejó de que San Mittre había sido robado, pero en realidad se sentía desgraciado de no beber a escondidas, con la complicidad de sus amigos de la bodega. Asco era lo máximo que podían reconocer públicamente y, por supuesto, el robo a su santo protector. Durante esos días, eso fue lo único que nos atrevimos a hacer -sí, yo también me incluyo-.

Seguimos trabajando y la ciudad decidió cargar con nuestro sustento. Nuestra tarea no era producto de riqueza y empezamos a perder la amistad conseguida con los cautelosos bebedores que venían a la bodega, porque ya no se atrevían a venir. Baco era el único que se mantenía pétreo y con una serenidad majestuosa. Todo el pueblo se estancó paulatinamente: los columpios no mecían a los niños; las mujeres se desenamoraron de Baco; los hombres se volvieron celosos pensando equivocadamente que sus mujeres ya no les querían, pero tampoco hicieron nada, salvo sentirse profundamente tristes.

Empezamos a descuidar la bodega. Ya nadie se quedaba por la noche cuidando al vino como si fuera un eterno recién nacido. De noche no se veía ni un alma, las sombras iban extendiéndose como unas tinieblas. A veces me imaginaba que si pudieran hablar, nos recriminarían dejar que ese vino exquisito, ese elixir diabólico y, en parte, presente de nuestros antepasados, nos fuera arrebatado sin lucha y luego despreciado con un asco hipócrita. Pero no, era solamente una suave brisa que se perdía en un gran agujero nocturno.

El miedo paralizaba a Plassens, su única valentía era haber criado a sus hijos con disciplina, y enfrentarse a los soldados no cabía en su pensamiento. Pero, como si San Mittre me hubiese inducido ese menester dándome fuerzas, sentí que debía hacer algo, que debía poner fin a esta cobardía. La misma fama del vino tornaría en su contra.

Tomé la carretera hacia Niza e hice lo que tenía que haber hecho desde el principio. Conté el secreto del vino al primer desconocido que me despertó desconfianza al entrar en la ciudad. Le pregunté si conocía la historia y me respondió con otra pregunta: “¿Quién no conoce, en toda Francia, el vino poderoso de Napoleón III?”. Le dije, para incrementar su inquietud y deseos de extener el secreto, que necesitaba desprenderme de una pesada carga y que tenía que prometerme no contárselo a nadie. Tanto fue su morbo que, al revelarle de dónde procedía el abono del viñedo, no atiné a ver asco en su rostro.

Dos meses tardó en retornar la noticia a Plassens, pero con nuevos añadidos. Además, el Emperador había caído enfermo al tomar su propio vino y se decía por todos lados que se debía a una maldición de unos muertos del sur de Francia echada por un santo llamado San Mittre. Hasta ahí podemos decir que había sido cosa mía. Pero no los demás rumores extendidos por la imaginación de la gente que, por su falta de importancia y numerosas contradicciones, no voy a decirles. Sin embargo, uno anunciaba que -no sabíamos si era cierto- había ordenado a destruir el viñedo de San Mittre. En Plassens esto se convirtió en pánico y pensaron en que los soldados iban a cargar contra ellos. Se culparon unos a otros de revelar el secreto, pero cada vez se ponían más nerviosos y decidieron recoger sus cosas y abandonar la ciudad. Pero ese mismo día llegaron los soldados a Plassens y se encerraron en sus casas y cerraron las ventanas.

Cuando los soldados estaban destruyendo el terreno, se toparon con restos humanos y huyeron escandalizados, tal vez creyendo que la maldición caería sobre ellos y que contraerían la enfermedad del Emperador o alguna peor. Esta mañana he cogido la estatua de Baco y la he enterrado en el antiguo cementerio, junto a lo que queda de la vid. In vino veritas.

Mi estrella eterna

Tumbado sobre la arena mojada de un acantilado, vi por primera vez una estrella fugaz. Hacía años que planeaba pedir un deseo al verla. ¿Sería verdad que cumplía deseos? No lo sabía, pero tampoco perdía nada por intentarlo. Siempre había soñado con caer tan elegantemente como una estrella fugaz. Pero, ¿cómo iba a hacerlo si no había visto una caer? Aunque sólo fue un momento, me dio tiempo de observarla bien: volaba a una velocidad constante, como si su energía emanara serenidad, mientras se acercaba cada vez más a perderse tras la montaña. Me pareció que esa estrella no estaba muerta, sino viva, más viva que nunca, y que había salido de viaje al cielo de otros universos para que la vida pudiera asombrarse de su bella curiosidad. Es una estrella fugaz y una estrella eterna, porque en el momento en que se observa no vuelve a pasar y se queda grabado, circulando, para la vida que nunca se va. Ni siquiera un agujero negro puede hacer que su existencia desaparezca. De repente comprendí que era así como deseaba vivir: como una estrella de fugaz eternidad. ¿Cuántas cosas me quedan aún por expresar? Moverme con fluidez; saber que cada paso que doy deja huella. Veo un porvenir donde estoy subido a una supernova que ansía salir de su sistema. Mi imaginación se abre a medida que mi negra pupila se dilata cuanta mayor luz soy capaz de asimilar. Cierro los ojos, miro dentro y camino despacio, con prudencia, por mi universo para no cegarme. Dar tiempo al tiempo hasta fundirme con el Kosmos. Es entonces cuando despierto al mundo y vuelvo al acantilado, donde la brisa pasa por mi rostro como ha pasado por otros. Su leve roce hace que se disperse polvo de estrellas de mi piel.

Victor Javier Moreno

Febrero 2007

Una chica entre gemelos

Dos hermanos caminan río abajo por la orilla mientras beben cerveza.

-No recordaba que este riachuelo fuese tan estrecho.

-Tampoco nosotros somos los mismos, John.

-El agua corre más rápido.

-Ha llovido mucho desde entonces.

-Ni siquiera me acuerdo de la primera vez que vinimos al río. Al venir aquí el tiempo se paraba, el mundo no existía para nosotros.

-El tiempo sigue corriendo aunque no te des cuenta.

-¿Qué nos ha pasado, Carl?  Y no me digas que ha sido por la Universidad.

-Lo sabes bien.

-No, quiero decir: ¿por qué pasó eso entre nosotros? Se supone que somos hermanos.

-A lo mejor fue porque somos precisamente eso, hermanos.

-No tiene sentido.

Carl se frena, deja la lata en una roca, orina de cara al río. John hace lo mismo.

-Piénsalo John: somos gemelos; nos gustan las mismas cosas; hablamos casi igual; somos rubios, con idéntica melena; hasta la tenemos igual de larga.

-¿Qué me quieres decir? ¿Qué le daba igual el uno que el otro?

-Exactamente.

-No creo que sea eso, Carl.

-Se fue conmigo porque no había ninguna diferencia entre tú y yo, porque tres no caben en una pareja. Pero sospecho que le hubiera gustado quedarse con los dos. Cierran la cremallera, recogen la lata y retoman el paseo.

-¿Sabes cuál fue nuestro problema? –dice John.

-¿Qué?

-Que siempre hemos sido la mitad de nosotros mismos.

-No, John, al contrario, el problema es que solo hemos sido una copia.

-¿Y qué me dices de mi soledad?

-Pues que ojalá ella hubiera tenido también una hermana, exactamente igual que ella, con la misma melena rizada, las mismas piernas largas y con el mismo culo redondo.

-En eso sí tienes razón –dice John pensativo. –Deberíamos buscarnos un par de gemelas como nosotros.

-Vamos John, no sé porqué lo he dicho. Qué importa ahora con quien terminemos. Eso es agua pasada. Déjalo.

Llegan al estanque donde termina el riachuelo y los sapos croan encima de grandes nenúfares. Solo se escucha el sonido del agua nueva rejuveneciendo a la estancada. Algo llama la atención de John.

-Mira, fíjate. Esa tortuga está meando un líquido verde.

-Sí, ¿y qué?

-Que luego ha escondido la cabeza –John mira a su hermano, pero éste le pone cara de póquer.

–Que ha sido por vergüenza.

-¿Cómo va a tener vergüenza una tortuga? Esto se nos está yendo de las manos.

-Ha hecho lo mismo que tú, tirar la piedra y esconder la mano.

-¿Lo mismo que yo? ¿Con qué?

-Pues con eso de buscarnos unas gemelas, Carl. ¿Me vas a decir que no te gustaría?

-Sí, me gustaría, pero, a ver, ¿dónde vamos a encontrar unas gemelas?

-Salgamos del pueblo. Hagamos un viaje por toda California, de San Francisco a San Diego.

-John, deja de tomar cerveza.

-¿Sabes qué? -prosigue Carl. -Mañana me corto el pelo y me dejo la barba.

Víctor Javier Moreno

Cumpleaños de Noemí

Aún le quiero y los niños también, pero eso no importa. Ellos saben quién es capaz de cuidarles y quién no. Se afloja el nudo de la corbata en la sala del Juzgado. Detesto su pose de no haber roto un plato. Y en cierto modo es cierto, pero ese es precisamente su delito. Sin embargo, una gota colmó el vaso. Él, luego sus “platos exquisitos”, los buenos gourmets y, por último, el resto de seres humanos. Discutimos y él se fue a cenar solo al restaurante ni siquiera durmió en el sofá. Ya no era cuestión de la crisis.  Cuando intentó entrar en casa, Noemí se asomó a la ventana del porche y le tiró la tarta de merengue con las diez velas apagadas. No dijo nada, pero probó el pastel e hizo una mueca de desagrado. No está feliz de solo visitarnos los sábados.  Habrá apelación.

Victor Javier Moreno