Los cinco venenos. Micro-poema.

Diamante de oro

del color

del rubí

quiere

ser esmeralda

e ignora

que es,

irremediablemente,

un zafiro.

 

Víctor Javier Moreno

Fábula

La fábula está escrita por Alejandro Jodorowsky

En un poro de la piel, como si fuera un pozo profundo, vivía prisionera una colonia de microbios. Todos miraban el azul del cielo que de vez en cuando brillaba en la boca de la cárcel y soñaban con salir un día para revolcarse en los verdes prados y vivir junto al penetrante aroma de las flores. Parados en dos filamentos, expresaban sus grandes ilusiones: “¡Yo me inflaré y pronto, convertido en globo, podré flotar hasta arriba!” “¡Ilusos, hagan como yo: críen músculos y sean fuertes!” “¡Con estos seudópodos me tallaré escalones a latigazos!” Y así se pasaban los días, pero mientras ellos trataban de aumentar en cualquier forma posible, hubo un microbio que comenzó a plegarse como acordeón, haciéndose cada vez más pequeño. El jefe de los esperanzados lo miró desde lo alto de su orgullo: “¡Este estúpido se está encogiendo!” La colonia lo despreció y, como continuara prensándose, sus integrantes fruncieron el núcleo: “¡Se burla de nosotros! ¡Pretende expresar su desprecio por nuestro ideal! ¡Cómo es posible que este maleducado trate de ser menos, cuando nosotros tratamos de ser más!” No consiguieron persuadirlo. Siguió apretando sus partes como si quisiera desaparecer de la vista de sus prójimos. Vinieron las burlas, los remedos sarcásticos, las frases despectivas, los empellones. Se hizo tan minúsculo que fue olvidado. Una mañana; cuando todos estiraban sus membranas para acercarse aunque fuera un trecho imperceptible al azul luminoso de la superficie, nuestro microbio dejó de presionar sobre sí mismo, se soltó como un resorte y sus fuerzas comprimidas estallaron con tal ímpetu que saltó hacia el exterior cual un disparo de rifle. ¡Fue a dar al mundo que ansiaba! Los demás quedaron en el fondo del agujero envidiándolo sin saber qué hacer con el cuerpo que tan orgullosamente habían agrandado.

 

 

“Quien disminuye su vanidad se engrandece, los logros supremos llegan por humildad, una buena estrategia multiplica las fuerzas”, A. Jodorowsky. Y yo añado a las palabras sabias de este maestro que: cuando uno se engrandece humildemente, piensa uno en que es grande y vuelve la vanidad. El pensamiento no ayuda a ser digno de la humildad, ni de la dignidad misma, es más, de nada en absoluto. Por eso los orientales se esfuerzan en que el pensamiento no se ponga de por medio entre ellos y la vida y les transforme en algo que no desean ser. Haz humilde aquello que tengas que hacer. No esperes nada real que provenga del orgullo. Hace tiempo dejé mis amistades falsas atrás y ya no se interponen entre la vida que quiero, que es la de ser auténtico, y yo mismo. Mis amigos de ahora son los amigos que quiero y que no piensan que es mejor ser orgulloso, vanidoso o importante. Se ríen de eso. Por ello, seguimos ejercitándonos para vivir con humildad.

 

Haz lo que sientes y no lo que los otros te imponen: eso es el germen de totalitarismo, pero sobre todo y más importante porque en la vida hay que ser uno mismo. Si no puedes caminar salta.

Extracto de “Pabellón de Oro”

Un día, durante una tregua que me dejaba el trabajo en el campo, detrás de la cocina, me divertía observando los manejos de una abeja entorno a la pequeña rueda amarilla de un crisantemo de verano. Atravesándo el océno de luz con la vibración de sus alas de oro, escogió entre mil una flor ante la cual se agitó un momento, perpleja. Yo intenté ver las cosas tal como ella debía verlas. El crisantemo desplegaba sus pétalos amarillos, clásicos, perfectos. Tenía la belleza y la perfección de un Pabellón de Oro; ¡pero no se transformaba en Pabellón de Oro! Seguía siendo lo mismo, una simple flor de crisantemo. Un creisantemo tomado en su conjunto definitivo, una flor y nada más, una forma vacía de toda sugestión metafísica. Respetando de este modo las leyes de la existencia, el crisantemo rebosaba seducción, mudado en la misma forma que el deseo de la abeja perdía. ¡Turbador misterio, verlo palpitar así, agazapado en su forma de objeto ofrecido a aquel deseo amorfo, alado, fluido, siempre en movimiento! Profesivamente fue perdiendo su densidad, pareció al borde de su desfallecimiento, y se agitó presa de estremecimientos y temblores. Se comprende, puesto que el crisantemo ha sido modelado para ajustarse estrechamente al deseo de la abeja, y su belleza se abre en previsión de este deseo. Y he aquí por su forma el instante de lanzarse a la vida y entregar en pleno día el secreto de su razón de ser. Pues ella es en verdad el molde donde se vierte la vida que se escapa y no tiene forma, al mismo tiempo que la huida alada de la vida informe es el molde donde se vierten todas las formas de este mundo… De este modo la abeja se arrojó a lo más profundo del corazón de la flor embadurnándose de polen, ahogándose en la embriaguez; y la flor que en su seno acogió al insecto se transformó a sí misma en amarilla abeja de suntuosa armadura, donde yo observaba frenéticos sobresaltos, como si ella echase a volar lejos de su tallo.

La luz, y aquello que se estaba consumando bajo la luz, me dieron casi vértigo. Luego, justo en el momento que dejé de mirar con los ojos de la abeja y recuperé mi mirada, descubrí que había estado completandola escena exactamente como lo había hecho, en otras circunstancias, con los ojos del Pabellón de Oro. Exactamente, sí. De la misma manera que podía cambiar mi visión pasando de la de la abeja a la mía, en los momentos en los que la vida venía a mí yo dejaba de ver con mis propios ojos para tomar los del Pabellón de Oro. Y era precisamente entonces cuando el Templo surgía entre la vida y yo.

Así pues, recuperada mi visión normal, en el inmeso universo de las cosas no quedó más que la abeja y el crisantemo remitidos, por así decirlo, “ a su sitio”. Entre el vuelo del insecto, las sacudidas de la flor y los estremecimientos de la brisa no había ya la menor diferencia. En el universo inmóvil y helado todas las cosas volvían a encontrarse al mismo nivel, y la forma de la cual había emanado poco antes un tan poderoso atractivo se desvaneció. De la flor ya no quedaba más que su belleza, pero con el vago nombre de “crisantemo”, es decir, con un simple convencionalismo. No siendo abeja ni crisantemo, ya no me sentía ni atraído por la flor ni deseado por el insecto. El afecto que yo había experimentado por todas las formas que revela el incesante flujo de la vida se había extinguido. El mundo había sido arrojado a la relatividad, solamente el tiempo se movía aún.

Sin querer extenderme demasiado, diré simplemente esto: cuando el Pabellón de Oro surgía en mediodel absoluto de su eternidad, y cuando yo no veía ya las cosas más que a través de él, el mundo se metamorfoseaba del modo que he dicho y, dentro de este mundo así transformado, sólo el Pabellón de Oro guardaba su forma, retenía la Belleza; el resto volvía al polvo. Desde que pisoteé el vientre de la prostituta en el jardín del templo, desde la muerte de Tsurukawa, yo no hacía más que plantearme la misma pregunta: “¿El mal es posible, después de todo?”.

Extracto de la obra de Yukio Mishima, El Pabellón de oro (p.154-156).

Poesofema. El destino de Occidente: la Nada

La moderna educación de la Nada

 

La muerte es la nada.

La nada no tiene nada que temer, ni que esperar.

No existe la nada porque para la nada “existir”

es un verbo que denota el mal uso del lenguaje.

Imposible referirse a “Esto”, “Aquello” o “Ello”.

Inimaginable es la nada. Carece de destino.

Coherente es el ateo que no siente miedo.

No obstante, hay ateos que intentan imaginar

la nada.

La desconocen e intentan dibujar el mundo de

la nada.

La oscuridad misma les habla

desde la oscuridad.

Tampoco se ven ellos mismos, “existir”

les está vetado. Escuchan una voz que les llama

El eco de mil nombres reverbera en sus obsesiones,

les hace sentir un abismo que determina

no acabar nunca. Electroencefalograma plano.

Imposible pensar. Como anestesia es

la nada. Pero vivos la Nada es algo.

LA NADA ES ALGO. Algo nos permite

pensar, sentir, ser, experimentar, “EXISTIR”.

Víctor Javier Moreno

Zumbido nocturno

Mosquito. Intento de asesinato.

Juicio. Intento de asesinato.

Mejor habría sido poner vinagre.

La desorientación siempre resulta.

Desarticular el mecanismo del olfato.

Es el sentido más primitivo.

¿Ahora dónde estás?

Desorientado y hambriento. Moribundo.

Sin intento de asesinato. Mosquito.

Escribo porque…

La literatura la veo como una forma de estar en el mundo, de observar secuencia tras secuencia sin juzgar los hechos. El destino se refleja en bucles  -fracturas que se repiten geométricamente como fractales-  que aún quedan por superar en nuestra memoria celular; nos atrapa hasta que la libertad atraviesa los muros que hemos creado con nuestros miedos -de raíz heredada por el árbol de la vida que es también genealógico-.  Intento ver la tempestad del tedio cotidiano desde el ojo del huracán. Cuando se observa da igual que profesión se ejerce: científico, periodista, escritor, etc. porque, aquello que se sabe hasta ese momento debe dejarse aparcado. Ya habrá tiempo para diseccionar la visto, imaginar lo escondido y rellenar con pequeños recuerdos personales una gran mentira que, bien enfocada, refleje una verdad en situaciones verosímiles. Pues la literatura no significa más realidad, pero sí es mayor conciencia: se vive y experimenta uno mismo. Mientras que la creación literaria me da un sitio en el mundo hecho a la horma de mi zapato.

Escribo porque me divierte, porque lo que no se expresa en palabras queda dentro y porque hay que entrenar lo que se dice, pues no es lo mismo hablar o escribir que transmitir, tan claro y tanto que no se tiene en cuenta como que no es lo mismo incomunicación que comunicación. Mostrarse como uno es a los demás, expresar los sentimientos, no dejar que la ausencia de uno mismo se llene con rechazos a los otros. Escribir por misma alegría de hacerlo, para compartir. Porque lo que creo (de creer) me pertenece, pero lo que creo (de crear) es de todos. Y sobre todo y más importante porque tengo que dar las gracias por lo que he recibido hasta ahora y extraer mi creatividad que es, aburrida o estimulante, un regalo para todos.

El último tuareg

Piensa en los millares de años han sido necesarios para que la lluvia, el sol, el viento, los ríos y la mar moldeara la arena del desierto que jamás podrá emular un alfarero, ni siquiera aunque sea un alfarero tuareg. Piensa en los miles de seres que han perecido en el desierto intentando supervivir en ese medio tan inhóspito. Pero los tuareg han construido su hogar, aquí y allá, moviéndose, a bofetada continua, a pleno sol, tal como viaja la arena en las noches gélidas. Entonces el fuego de la solidaridad entre compañeros de viaje, compañeros de vida, se enciende para cumplir la ley por la cual se puede supervivir y vivir, pues la hospitalidad es imprescindible ante el lugar más yermo de la Tierra. Uno de los pueblos guerreros más increíbles de la Historia, tampoco iba a subyugarse ante el poder de los colonizadores.

Tuareg, de Alberto Vázquez-Figueroa, es una obra literaria que cuenta la historia que también podría llamarse “El último tuareg”. Ya el pueblo se ha reformado a los nuevos tiempos y es más pacífico que antaño. Pero gracias a esta obra de reconocimiento mundial durante muchos años de éxito, la historia de Gacel Sayah, protagonista de esta novela, quedará en nuestra memoria. Gacel acoge a dos fugitivos procedentes del norte. Sin embargo, desconoce que el respeto a esas leyes de hospitalidad, le llevarán hasta el final de sus viajes y sus aventuras.

Si existe una novela recomendable en este blog, esa es Tuareg, más que merecedora del Albatros Literario. ¡Qué la disfruten!